Reflexión

Vivir de rentas… espirituales

¿El dolor es bueno? ¿Se fortalece quien más adversidades supera o quien menos sufre las maldades de la especie humana? El escritor mexicano Parga Limón nos trae algunas ideas.

“Aprendí a llorarte sin saber que en cada mañana,
bajabas el sol para traer, luces de esperanza.

Fragmento de la milonga “Sobran las palabras”, de José Larralde

Por Ernesto Parga Limón

Hay momentos en que no se ve la luz al final del túnel, momentos en que parece que todo se ha perdido de forma irremediable, en los que no se observa que haya salida en medio de la crisis de la vida, momentos donde todo se derrumba porque se ha perdido lo que se ama, porque aquello por lo que se luchó con infatigable denuedo yace en el suelo hecho añicos. Irrecuperable.

La adversidad tiene muchas caras, todas ellas terribles, presentandose muchas veces en nuestra vida con ropajes también diversos: la muerte de un hijo, del cónyuge, de los padres, la pérdida de un empleo, el divorcio, una traición insospechada que hace perder la fe en la humanidad,  las enfermedades terminales e interminables por su larga secuela de dolor, los fallidos proyectos, el destierro del solar que se ama, la prisión, el secuestro, la reclusión en un campo de concentración, los terremotos,  los incendios, las pandemias y otros más de origen natural o surgidas con crueldad inimaginable de la mano del hombre que es, muchas veces, lobo del hombre.

No hay forma de negar la sacudida brutal, el impacto estremecedor y la estela de sufrimiento de estas manifestaciones de la adversidad en la vida de los hombres. Sin embargo, pocos tópicos, a lo largo de la historia del pensamiento humano, tienen un consenso más universal que el de la utilidad y las bondades de la adversidad.

Para muchos estadistas y poetas, y prácticamente todos los pensadores clásicos, la adversidad es la verdadera maestra de la vida y la fuente de la que manan todos los valores. Sufrir instruye al hombre nos dice Esquilo el padre de la tragedia griega. Por su parte Stefan Sweig – autor de “Momentos estelares de la humanidad” y de “24 horas en la vida de una mujer” -, nos dice queToda ciencia viene del dolor, el sufrimiento busca siempre la causa de las cosas.  El exquisito poeta sufí Rumi, sentencia con lacónica belleza:La herida es el lugar por donde entra la luz“.

“Sufrir instruye al hombre” – Esquilo

Quizás, en el mismo hilo, la respuesta más rotunda venga desde la voz de C. S. Lewis, probablemente la última gran mente que ha abordado este tema. Es muy notable su obra “El problema del dolor” y especialmente la desgarradora reflexión en carne viva llamada “Una pena observada”, escrita al compás de su propio duelo por la muerte de su esposa. Escuchémosle:

No creo que Dios quiera exactamente que seamos felices, quiere que seamos capaces de amar y de ser amados, quiere que maduremos, y yo sugiero que precisamente porque Dios nos ama nos concedió el don de sufrir; o por decirlo de otro modo: el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos; porque somos como bloques de piedra, a partir de los cuales el escultor poco a poco va formando la figura de un hombre, los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen más perfectos.

Profundísimas palabras, muy difíciles de entender en un mundo que busca desaforadamente el bienestar, el placer y la comodidad como regla sistemática de vida y que como aspiración máxima huye del dolor; rehuyendo, al mismo tiempo, de la sabiduría que nace de la experiencia de la adversidad.  

Existe, entonces, no solo la dura realidad de apenas sobrevivir llevando a rastras lo poco que quedó de nosotros, sino que es posible salir avante y enfrentar la vida con nuevas actitudes, con más amor y mayor liberalidad de ánimo. Pero ¿cómo se transita de la desesperanza a la ilusión, cómo es que algunos pueden y otros no; en qué estriba la diferencia entre los renacidos y los que se quedan muertos en vida?

Viktor Frankl, el médico austriaco creador de la Logoterapia, una voz muy autorizada en esto, padeció lo indecible en cuatro campos de concentración, perdió a casi toda su familia en ellos, vió a mucha gente abandonarse y a otra luchar y salir adelante como él mismo lo hizo. Frankl nos dice que los que lograban llevar mejor las penalidades cotidianas, el hambre, la tristeza y el cansancio, no eran los de mayor fortaleza física sino aquellos de mayor y más profundo calado espiritual. Aquellos que, habiendo tenido un pasado rico en experiencia espiritual, eran capaces de encontrar la belleza en medio de la desolación reinante. Esa es la fuerza indomable y creativa del espíritu humano.

Vivir de rentas es una expresión cargada de sentido. Vivir del rédito de aquello que supimos atesorar y aquilatar, ahorrando un poco de la verdad, de la bondad, de la belleza y de la unidad que en sus múltiples manifestaciones la vida nos puso enfrente. Vivir poniendo cara a la adversidad de hoy, con lo que llevamos dentro, en el hondón del alma misma. El pasado ricamente cimentado, es el escudo y es la espada con lo que se luchan las batallas de hoy.

Vivir de rentas, de la fuerza indomable que dan las obras bien hechas, los amores bien amados, los amigos bien queridos, los libros bien leídos, los diálogos con Dios y la certeza de su presencia a nuestro lado.

Vivir de rentas, de la confidencia bien guardada, de los favores ofrecidos, del café de intenso aroma, del intenso color rubí del buen vino que la copa recoge, de escuchar el viejo tango que hace gemir al alma al ritmo del quejumbroso bandoneón, de reaprender por mero gusto el viejo poema de las juveniles preferencias. Vivir aquí y ahora que escribo estas 1000 palabras; ¡Vivir… tan solo vivir!

¿Cómo nos encontrará la próxima adversidad? ¿Con qué cara y con qué ropaje nos acometerá? ¿Quién puede saberlo?  Lo único que se sabe es que inexorablemente llegará con su carga de dolor. Ojalá sigamos llenando nuestra alforja de vida bien vivida, de amaneceres, de amores, de abrazos y de risas. Para que podamos vivir de rentas.

*Ernesto Parga Limón es maestro y escritor de México

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