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Como Evita y Gardel, Diego cada día “jugará mejor”

En una despedida que definió como una afirmación vital - por sus pasos de ballet en el área inglesa o la Mano de Dios -, Bonasso contó lo que "los grandes medios callarán".

Por Miguel Bonasso

¿Qué palabras poner cuando uno está realmente jodido? Este año pandémico y siniestro es, de golpe, como un puñetazo en la jeta, el año que se lleva a Diego Armando Maradona. En el mismo día de noviembre en el que hace cuatro años se nos fue el Gigante Fidel, causando en Diego el mismo vacío irreparable, la misma bronca contra el absurdo de la existencia.

“Me duele mucho porque era mi amigo”, dijo entonces el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, evocando al líder revolucionario más grande de todos los tiempos. Y era total verdad que eran amigos. Ambos lo certificaron en una grabación para el programa “La noche del diez”, que concluyó a las tres de la mañana de un día de octubre de 2005, en La Habana.

Maradona dijo más cuando la muerte de Fidel. Dijo que había sido como un segundo padre para él y es indudable que el Comandante y Cuba pusieron sus mejores esfuerzos para que Maradona mejorase y cuidase esa salud que ya entonces provocaba temor en los que realmente lo querían y no en los peces rémora que lo vivían.

Y Maradona les respondió con esa lealtad sin cortapisas, que tenía, con la lealtad del pibe de barrio genial que era. Con lealtad, ¿por qué no decirlo? “Peronista”. Pero no peronista de profesión, como tanto guarro que anda por ahí, sino peronista por instinto de clase, que es muy distinto a ser una figurita partidaria.

Por ese mismo genio popular que fabricó la “mano de Dios” y luego eludió a toda la defensa británica, con el arquero incluido, para demostrar por enésima vez que también se le daban con fluidez los goles legales. Aunque fuera contra los piratas, que se merecían la heterodoxia de la mano divina.

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Ya conté en este mismo sitio, hace pocos días, que Fidel le dio esa cariñosa exclusiva con la intención política de convencerlo para que se subiera al Tren del Alba, nuestro plato fuerte en la movilización contra Bush que montamos en la Cumbre de Mar del Plata.

Ya conté también lo que ningún medio difundió: la admiración que nos causó a todos los que organizamos el evento, la disciplina militante que el jugador más famoso de todos los tiempos mostró en aquella jugada. Una humildad de la que careció más de una de esas mascaritas que también se subió al tren. Que se suben a todos los trenes.

Tampoco los medios del régimen, los medios gendarmes según Chomsky, resaltaron lo que dijo el 4 de noviembre de 2005, en la conferencia de prensa en Constitución, cuando el Tren del Alba estaba a punto de partir hacia Mar del Plata y es una muestra de que el genio popular no lo portaba únicamente para la gambeta: “Bush es uno de esos tipos, que se asoma en la puerta del avión, saluda con la mano, con una sonrisa de oreja a oreja …y abajo no hay nadie esperándolo”.

Al leer el comentario inevitable de Macri, su ex patrón en Boca Juniors, me viene a la memoria otra anécdota del Diez, de la que tuve el privilegio de ser testigo. Fue en Inglaterra, en un noviembre mucho menos negro que este, exactamente el 6 de noviembre de 1995, cuando nada menos que la Universidad de Oxford le otorgó un doctorado honoris causa.

Allí Maradona divirtió a periodistas, académicos y diplomáticos, haciendo jueguito con una pelota de ping pong que le arrojó un espontáneo de la tribuna. Pero también hizo algo mucho más trascendente: en una conferencia de prensa bastante recortada por los medios, denunció a Havelange y a toda la mafia que ha manejado históricamente el fútbol profesional, en cada país y a nivel mundial con la FIFA.

Recordó la lucha que habían librado con otro crack genial, el doctor Sócrates, para organizar un sindicato mundial de futbolistas, que acabara con la explotación y esclavización a que son sometidos los jugadores por los dirigentes tipo Macri, precisamente.

“Volveré y seré millones”, la frase de Diego en la Universidad de Oxford

Al término de la conferencia remató con tono irónico: “Volveré y seré millones”. No era una frase al pedo: está ocurriendo y ocurrirá cada vez más, como pasó con Evita y con Gardel, porque ser tanguero y proclamar que “cada día canta mejor” es nuestra reacción cultural frente a la catástrofe de la muerte.

Esa noche en Oxford hubo una cena en su honor, a la que estuve invitado. A los postres yo, que aún no conocía a Maradona como llegaría a conocerlo diez años más tarde, me acerqué como un cholulo más y, disculpándome por el atrevimiento, le pedí su autógrafo para mis hijos Federico y Flavia que estaban en México.

En ese México donde en 1986 habíamos aullado de entusiasmo con otros compatriotas exiliados cuando inventó la Mano de Dios. Fue muy amable: no se limitó a firmar, me preguntó por ellos y le puso a cada uno una dedicatoria personalizada. Alcancé a decirle, de manera atropellada, para no importunarlo, que todos los argentinos le debíamos un momento luminoso, inolvidable, para nuestras vidas.

Me regaló un apretón de manos y una sonrisa cordial como respuesta. Nunca se me pasó por la cabeza que un día tendría que escribir su necrológica. Por eso, esta no es una necrológica, sino una afirmación vital: las imágenes de su ballet en el área inglesa, que televisoras y redes repetirán millones de veces, demuestran lo acertado que estaba Francisco de Quevedo: “sólo el instante fugitivo permanece y dura”.

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