Cuento Literatura

El que no era

No lo dudó y, desde la puerta del corral, le asestó dos tiros: uno en el lomo y otro en la cabeza. De repente todo era silencio, el animal había caído. 

Ni papá ni yo sabemos si la historia es cierta. A él le llegó de parte de la abuela; y a la abuela, de la tía; y a la tía, de la hermana; y así. De todas formas, no tenemos dudas de que es una de nuestras historias de fogón favoritas.

Todo empieza en la estancia de los Martínez. Doña Elisa era la mejor curandera de la zona y del pueblo. De todos lados venían con sus malestares, y se iban como nuevos.

El hijo de Doña Elisa, Roberto, era tosco, serio, y el más montaraz de la colonia. Nadie dudaba que su vida era el campo. De todos sus amigos, era el mejor cazador. Una vez llegó a cazar dos guazunchos, tres tatú mulita y un chancho moro, todo en el mismo día. Y ni hablar de lo buen tirador que era. Durante la colimba aprendió a usar varias armas, incluido el fal, una de sus armas más preciadas.

Una noche de luna llena, sintiéndose abatido luego de la muerte de su padre, Roberto salió a cazar en compañía de sus perros. La realidad es que no pensaba llevarse nada, sino que solo quería escaparse por un momento de la triste realidad que debía afrontar: ahora él debía de ser el ‘hombre de la casa’

La noche era fresca, ventosa, y los árboles formaban grandes sombras en el suelo iluminado. Aunque más que árboles, eran como ánimas bailando una danza tétrica bajo la luz de la luna. 

Después de unos 15 minutos de caminata, uno de los perros comenzó a gruñirle a un arbusto. “¿Qué pasa Coleto?”, espetó Roberto. El perro mantenía la mirada fija en el arbusto. Definitivamente algo había detrás suyo y él lo presentía. Y no se equivocaba. 
Una cosa negra y enorme saltó encima del can. Roberto se quedó inmóvil, pasmado al ver cómo ese gran animal había logrado destrozar el cuello del perro con una rapidez y ferocidad nunca antes vista. Su otro perro, asustado por la situación, empezó a llorar desconsoladamente. 

Para cuando Roberto pudo salir de la conmoción, el animal ya se había ido.
Emprendió entonces una voraz búsqueda, un poco para obtener venganza por su perro, y otro poco para matar la curiosidad, pues no había logrado entender qué clase de fiera salvaje era el que tuvo frente a él hace unos momentos. 

Pasó media hora, una, dos, tres. Nada. El animal parecía haberse desvanecido en la espesura del monte. Decidió volver y contarle a su madre lo sucedido, seguro que ella tal vez habría de saber qué era. 

Ya entrando a su campo, oyó un gran alboroto en el corral de las gallinas. “Andá, chamigo, andá”, le gritó a su otro perro y salió disparando por detrás de él. 
Ahí estaba, el mismo animal que horas antes había despescuezado a su perro en un santiamén ahora estaba comiéndose sus gallinas. 

Esta vez pudo verlo mejor, pues el episodio anterior fue casi un arrebato. Ahora pudo tener una mejor dimensión del animal. Era como un lobo, más tirando a perro, pero con la fuerza de cien hombres. Salvaje, fiero, y con una sed de sangre inhumana.
No lo dudó y, desde la puerta del corral, le asestó dos tiros: uno en el lomo y otro en la cabeza. De repente todo era silencio, el animal había caído. 

Temerosamente, Roberto se le acercó. Lo miró con sorpresa, y lentamente retrocediendo, exhaló: “es el lobisón”. No llegó a terminar su padre nuestro que el animal se levantó como si nada y salió disparando. Roberto, anonadado, amaneció sentado en el corral. 

Eran las siete de la mañana cuando salió de su asombro y logró cruzar la puerta del rancho. Doña Elisa lo esperaba con una pava lista para el mate. Apenas lo vio, supo que algo había pasado. Ni habían empezado a hablar cuando oyeron el llanto desesperado de las vecinas, clamando por Doña Elisa. “Doña, Doñita, a papá le lastimaron”, lograron decirle entre sollozos. 

Con una velocidad característica, Doña Elisa preparó su maleta con todo lo que necesitaba y rápidamente salieron en sulky hacia el campo vecino de Don Leal. Mientras su madre manejaba, Roberto aún no salía de su estado casi catatónico.

Apenas llegaron vieron al amarillento Don Leal postrado en el catre. Tenía una venda en el pecho y otra en la cabeza. A su lado estaban sus hijas, rezando y pidiéndole a Doña Elisa que utilice sus dones para salvarlo.

“Tu hijo, tu hijo”, le decía el convaleciente hombre a Doña Elisa. Si bien Roberto logró verlo, fue por respeto no quiso pasar a la habitación junto a su madre.
“Tu hijo, tu hijo”, repetía Don Leal. Marisa, una de las hijas, salió del cuarto para buscar a Roberto y hacerlo entrar. 

Apenas Don Leal logró divisar a Roberto, se puso a aullar como loco: “ese fue el que me baleó, ese fue el que me baleó”. 

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