Periodismo Sociedad

Tato, un estilo periodístico que ya no se consigue

A 35 años de su pérdida, desencantado con el oficio al que le entregó cuerpo y alma, Horacio Tato (director de NA y DyN), es recordado por Rubén Furman, en el sitio Socompa.

Por Rubén Furman (Socompa)

Este 14 de marzo se cumplen 35 años de la muerte, por mano propia, del periodista Horacio Tato. En tiempos de extrema violencia en el país, había creado y dirigido dos agencias de noticias que hicieron historia: en 1973 Noticias Argentina (NA) y en 1982 Diarios y Noticias  (DyN). Fue enormemente admirado por sus colegas y poco conocido fuera de ellos, salvo por los servicios que vigilaban a los informadores. Transfirió su impronta personal a esos medios, considerados durante años como un modelo de rigurosidad informativa, de concisión noticiosa y de inmediatez, aun cuando los medios tecnológicos eran precarios y la transmisión de datos por teletipos y radiofotos fuera una odisea cotidiana. También sinónimo de independencia de poderes económicos, facciones políticas  y de gobiernos de turno, apretadores si los hubo en aquellos días. Vale la pena reflexionar que ha quedado de todo eso a casi medio siglo de aquel inicio. No para añorar el pasado sino para constatar el fangal en dónde estamos parados.

Las dos agencias  habían surgido de esquemas asociativos similares. La primera, NA, de grandes medios gráficos del interior que ya cooperaban para abaratar insumos y en primer lugar el papel para sus diarios. A ello sumaron el insumo informativo, que además las permitía ganar autonomía frente a  la visión sectorizada del oficialismo del momento. La segunda, DyN, nació con la fractura del bloque empresario original al surgir un grupo de diarios metropolitanos beneficiados con la cesión de la fábrica Papel Prensa. Arrebatada por la dictadura a sus propietarios originales, el crecimiento de esos medios fue exponencial a partir de ese decisivo beneficio. Y también de la posterior concentración de medios.

“Hoy esas agencias, tal como las conocimos, no podrían existir”, me previno hace cinco años José Ignacio López en la redacción de DyN  donde sus ex periodistas nos juntamos para homenajear a su creador.  Antes de ser vocero de Raúl Alfonsín había sido su columnista político. Nacho aludía quizás a la extrema polarización política que ha embanderado  de manera ostensible a los medios, un fenómeno de alcance mundial. Pero estaba en lo cierto: faltaban apenas dos años para que DyN bajara la persiana, lo que finalmente ocurrió en noviembre del 2017, tras 35 años de servir a un esquema que ya era disfuncional para sus poderosos dueños.

Tato venía de otro mundo. Siempre me intrigaron sus orígenes laborales ya que la mayoría de los periodistas de su generación (1929) no se formaban en academias sino en las creencias políticas o en un mundo familiar. Horacio era hijo de Paulino, uno de los primeros animadores de la crítica cinematográfica en el país pero más recordado como el “censor” de la dictadura del 76, el que cortaba escenas “inmorales” en los filmes o directamente los prohibía. Tato hijo sufría esa relación con un padre de ideas filonazis y moralistas que además había abandonado a su familia de pequeño. Por fin, y casualmente, durante la investigación para mi libro Puños y Pistolas, descubrí su paso inicial por la Alianza Libertadora Nacionalista, la agrupación filofascista más importante de la década del cuarenta. Su primer trabajo había sido en el diario Tribuna, que se publicó ocasionalmente entre 1945 y 1946, para expresar el apoyo de ese núcleo al naciente peronismo. “Horacio decía que había sido balilla (la milicia juvenil de Mussolini) y que hasta había desfilado con correaje de la Legión Cívica”, contó su  entrañable amigo y sucesor en NA, Raúl García. En ese diario había conocido al también principiante Jorge Masseti, quien luego fundó la agencia cubana Prensa Latina, antes de convertirse en el Comandante Segundo, el primer guerrillero del Che en América.

Algunos de los que aprendieron bajo la gestión de Tato, en uno de los aislados homenajes

Tato nunca giró a la izquierda pero compartió el desencanto con el peronismo y el escepticismo político de su generación. “Yo lo conocí en Télam hacia 1947, donde yo estaba acreditado en Ejercito y Tato en Marina. Ya entonces sorprendía por su profesionalismo y rapidez. Era una luz, entendia todo”, aseguró el eterno Roberto Disandro, hijo de un fotógrafo de Perón convertido en decano de los acreditados en la Casa de  Gobierno. Horacio Tato en cambio trotó por diversos medios para recalar  a fines de los cincuenta en la mesa de editores de Clarín, como secretario de cierre. Luego pasó por la corresponsalía de la norteamericana United Press (UPI) cuyo estilo conciso y con actualizaciones permanentes admiró, y le sirvió de nivel para sus agencias. Un adelantado para su época. “Un jefe riguroso en el trabajo, generoso y comprensivo con las personas, sin límites en el esfuerzo y la severidad autocrítica, siempre buscando el paso siguiente”, escribió su amigo García. En suma: un  tipo especial que conocía su oficio.

Después de aquel homenaje escribí que Tato era un “héroe olvidado del periodismo en los años de plomo”. Muchos de los jóvenes que trabajaban en DyN y en NA nunca habían oído hablar de él. Ignoraban que los cables de su primera hechura habían salvado vidas con información precisa que perforó el silencio generalizado. De cómo se cubrieron las primeras rondas de la Plaza de Mayo. Despachos que luego eran replicados por las agencias internacionales,  por la radio Colonia en la voz de Ariel Delgado, por el Buenos Aires Herald de Robert Cox y algunos pocos diarios del interior, que finalmente se llevaron el crédito. De cómo se bancó las presiones y respaldó a sus periodistas, alentando la osadía informativa. De cómo odiaba a los “chiveros”. Armando un equipo equilibrado donde la única privilegiada era la noticia. Una creación colectiva sin vedetismos posibles.

Pero es cuando busco fotos suyas para ilustrar estas líneas que esa ausencia se torna dramática. Es una verdadera parábola de su concepción del periodismo. “No, de Tato solo conservo buenos recuerdos y lecciones de ética periodística. Lamentablemente ninguna foto, y eso que lo respeté como a mi propio viejo”, me escribió hace horas Marcelo Ranea, uno de los tantos fotoperiodistas que creció bajo su tutela.  Porque Tato juntó y dio el espacio a las primeras figuras de un nuevo periodismo fotográfico. Miguel Ángel Quarterolo, Jorge Durán y Eduardo Longoni, fueron editores jefes en NA, el Diario Popular y Clarín.

No hay fotos que lo muestren en la redacción con su invariable cardigan gris. Ni con sus lápices de colores para marcar lo bueno y lo malo que leía en el servicio noticioso, hasta el detalle de una palabra que luego hacía notar a su autor. “Casi todo lo que se de este oficio se lo debo a una persona  que me dijo que no pusiera más que el Gordo Muñoz era obeso sino que me concentrara en lo que había dicho o hecho para que todo surgiera de hechos y no de adjetivos”, enuncia el periodista deportivo Ezequiel Fernández Moores cada vez que puede. Y hasta duele que no haya hoy una página en Wikipedia con el nombre de Horacio Tato, cuando cualquier animador televisivo o periodista mediático cultiva pacientemente una imagen sólo para perdurar. Se puede aducir que es producto de una época pero también de la madera de que esta hecho ese hombre.

Foto del álbum familiar. Tato, maestro de una camada de periodistas

Me cruce con Tato dos días antes del tiro final. Fue en un pasillo de La Razón de Timerman y ambos nos miramos con sorpresa y alguna tensión.   Dos años antes, y apenas un mes antes de la restauración democrática de octubre del ’83, me había despedido de DyN sólo por ser delegado. Me costó bastante convencerme de que había sido una decisión personal fruto de su desprecio al sindicalismo y no una sugerencia de los nuevos accionistas que habían decretado que en sus medios no habría más personal sindicalizado como había antes del golpe del 24 de marzo del 76.

Le pregunte que hacía en el diario. “Me voy a hacer cargo de la corresponsalía en La Plata. Completé los exámenes médicos”, me contestó seco y acaso con una sonrisa. Me costó creerle pero le desee suerte. Cuesta pensar que no tuviera decidido ya su destino. Cinco meses antes Tato había renunciado de modo indeclinable a  DyN a raíz de la emisión de un despacho que consideró una mera operación propagandística.

Un alto funcionario del gobierno radical había informado a un periodista de la declaración del estado de sitio y la detención de 12 figuras acusadas de conspirar para derrocar al gobierno. Además habían dado detalles que incluían el presunto decomiso de drogas y trata de blancas. La verosimilitud de la denuncia recaía en el clima de fragote militar que arrancaría recién un año después con  la asonada carapintada de Semana Santa. Pero lo que le daba crédito en ese momento era el despacho 157 de DyN, que había retrasado la salida de los diarios pero fue publicado porque era palabra sacrosanta.

“Desocupó su escritorio, marchó a su casa y entró en una depresión de la que no se pudo recuperar, pese a que le llovieron cargos para que dirigiera otras empresas periodísticas”, escribió año más tarde el periodista que lo heredó en el cargo y al que Tato dedicó un último llamado. Fue para avisarle que ya había matado a su perro y que seguiría el mismo.

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