Opinión Política

A mí me pasa lo mismo que a usted…

Eduardo Fidanza afirmó que en el Gobierno, el poder decadente de Cristina intriga contra el burocrático de Alberto y la porción de Massa; en la "opo", Macri opaca al ascendente Larreta y elude el desafío de la UCR y Lilita.

Por Eduardo Fidanza (Perfil)

En términos generales, a la democracia argentina le sucede lo mismo que a la mayoría de las democracias occidentales: posee dificultades de legitimación y está corroída por una profunda división política y cultural. Los índices de aprobación descienden, tanto en el oficialismo como en la oposición, y la grieta se ensancha en ocasión de las elecciones. En ese contexto, las políticas públicas describen un curso imprevisible y crece la indiferencia de las mayorías.


Nuestro sistema atraviesa esta etapa conservando rasgos típicos de su cultura, solapados con fenómenos nuevos o infrecuentes. Entre las características arraigadas, prevalecen dos, con la fuerza de la costumbre: 1-la expectativa de un liderazgo presidencial sólido; 2-el dominio del peronismo, bajo distintas configuraciones. Presidencialismo y peronismo: dos notas distintivas de la praxis política argentina.


Pero las novedades no son menores. En primer lugar, la oferta electoral está estructurada en torno a dos coaliciones, no a dos partidos como cuando se recuperó la democracia. No es una novedad absoluta, porque en los noventa también ocurrió, pero adquiere una resonancia particular, debido a que con la actual configuración de fuerzas no hay prácticamente tercera
opción.


En segundo lugar, el peronismo atraviesa una etapa inédita: está hegemonizado por una fracción que posee una vitalidad sin precedentes. Con una concepción democrática radicalizada, el kirchnerismo lidera desde hace diecisiete años a sus distintos estamentos: organizaciones de base, sindicatos, municipios y gobernaciones. Menem no lo hizo, pero Cristina sí. Su jefatura, aunque desgastada, se prolonga más allá que ninguna otra desde Perón.

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La vigencia del kirchnerismo produjo, en tercer lugar, una consecuencia excepcional: un presidente delegado, en virtud de una estrategia diseñada por la jefa política para unificar el movimiento. Este caso evoca el de Héctor Cámpora, designado por Perón para que lo represente ante la imposibilidad de regresar al país en 1973. El experimento terminó mal para
el representante, blanqueándose pronto la situación para que el jefe político coincidiera con el jefe de Estado.


Una diferencia significativa existe, sin embargo, entre ese episodio y el actual: Perón sería consagrado Presidente, un año y medio después de encumbrar a Cámpora, por el 62% de los votos, reuniendo una amplia mayoría popular. Recurrió a un delegado por imposibilidad legal. Cristina, en cambio, buscó el suyo por insolvencia electoral: no se puede regresar al poder con
más del 50% del país en contra.
Cámpora contuvo a los propios, Alberto Fernández convocó votantes de afuera.


Por último, también hubo cambios en la representación del no peronismo: un partido de centro derecha alcanzó por primera vez el gobierno en elecciones libres. Para lograrlo, conformó una coalición con el radicalismo, el otro gran partido histórico del sistema, que ocupó un lugar subordinado, sumándose no sin recelos. El republicanismo popular de la UCR celebró unas bodas por conveniencia con una fuerza de cuadros profesionales pro mercado, con escasa sensibilidad histórica.


Este fue el modo en que se reorganizó el sistema después de la crisis de principio de siglo, yendo de la dispersión a la condensación. En los comicios presidenciales posteriores a eese estallido, compitieron seis formulas, tres peronistas y tres no peronistas. Hasta que Sergio Massa desafió a Cristina, precipitando la derrota Scioli en 2015, los Kirchner habían logrado reunificar el justicialismo, derrotando a la oposición en 2007 y 2011. Ese año ocurrió el último episodio de presidencialismo intenso: Cristina Kirchner fue reelegida con el 54 % de los votos, encabezando un frente unificado en torno a ella.

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Lo que siguió fue un progresivo deterioro de la actora central del sistema, acosada por rebeliones internas, fatiga social, crisis económica e imposibilidad de reelección. La rápida conformación de una coalición opositora aprovechó esas debilidades y, como había hecho la alianza entre la UCR y el Frepaso en los noventa, le arrebató el poder al peronismo.


Aunque existieron diferencias objetivas entre ellos, De la Rúa en 1999 y Macri en 2015 compartieron herencia y errores: severos problemas económicos, desaciertos en el diagnóstico y un estilo minimalista que no se atrevió a cambios profundos. Macri tuvo el mérito de concluir su mandato, eludiendo el final trágico de De la Rúa. Pero ambos dejaron una impresión inequívoca, que aqueja al republicanismo argentino posterior a Alfonsín: sabor a poco poco.


La conclusión de esta historia fue prevista por la politología: las coaliciones advienen por la decadencia de los partidos y la ausencia de liderazgos fuertes. En regímenes presidencialistas, más que oportunidades de consenso parecieran una forma de tramitar sordamente las impotencias. Apenas una suma aritmética y conflictiva de minorías con mero objetivo electoral. Es la inversión del ideal de Alem: el que rompe pierde, no importa si se dobla.


De ese modo, en el oficialismo el poder decadente de Cristina intriga contra el poder burocrático de Alberto y la porción electoral de Massa. Y en la oposición, el desacreditado Macri opaca al ascendente Rodríguez Larreta, mientras elude un desafío: el radicalismo, que tragó mucha soberbia en el “primer tiempo”, ahora se siente en condiciones de ser protagonista del segundo. Y aún no reapareció Lilita.


En un contexto de fuerte división política, la lucha entre las minorías se resuelve mediante dos procedimientos regresivos: la obstrucción y la destrucción. Al interior de las coaliciones rige la primera, mientras que la competencia entre ellas está signada por la segunda. Impera allí “la mutua denegación de legitimidad”, esa tragedia histórica de la Argentina que describió Tulio Halperín Donghi.


Estos juegos de poder podrían formar parte de una democracia parlamentaria agresiva, pero con políticas de Estado acordadas y estables. Sin embargo, esas no son las condiciones: la configuración de fuerzas responde a la debilidad de las jefaturas e impide consensos indispensables en un momento crítico.


Así, la deriva argentina se torna errática e irracional. El combo de pobreza creciente, inflación desbocada, desconfianza internacional y catástrofe sanitaria, que las minorías no encaran con sensatez, lo demuestra.


Ante esos dramas los senderos no se bifurcan, como postulan los relatos políticos y sus comentaristas, sino que se unifican, mostrando la realidad de un único país, inconcebible y extraviado.

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