Opinión Política

Jefaturas débiles

El analista Eduardo Fidanza explica por qué la pax peronista logra que la protesta aceche pero no estalle, como en otros países de la región. La lucidez de CFK lejos del esplendor del fundador. La miopía opositora.

Por Eduardo Fidanza (Perfil)

Transitamos un tiempo duro y desafiante, signado por el miedo, la quiebra insondable de ingresos, esperanzas y proyectos, debido a una tragedia sin antecedentes: la pandemia del COVID, que ha cambiado para peor la vida de casi todos. Ante este hecho, la gente exhibió su resiliencia, demostrando, más allá de los millones de muertos, capacidad de reinventarse, sin bajar los brazos, extrayendo lo mejor de sí para salir adelante. Una experiencia que el mundo no esperaba, un apocalipsis contemporáneo cuya naturaleza, como otras veces en la historia, conmovió la fe en el género humano.

Cuando el coronavirus comenzaba, algunos intelectuales plantearon una hipótesis optimista: la pandemia daría lugar a conductas solidarias y ecológicas, sobre las que podría reconstruirse la convivencia, fundada en un nuevo humanismo. De esa idealización quedó poco, más allá de la resiliencia que evocamos: el capitalismo asimiló el golpe, respondiendo con una formidable inyección de recursos monetarios para sostener las economías y desarrollar la tecnología sanitaria que permitió contar con vacunas en tiempo récord. Por debajo, continuó su férrea lógica: se amplió aún más la desigualdad, surgieron nuevas formas de explotación, creció el desempleo.

En tanto, la sociedad del espectáculo, cuyos rasgos delineó Guy Debord en los 60, y el capitalismo de plataformas, que hoy conceptualizan los sociólogos de la tecnología, extendieron su dominio: la vida retrocedió a las pantallas y la virtualidad, a Netflix y las redes sociales, a la alienación y a la banalidad del show, del que no se libraron celebridades, dirigentes ni intelectuales. El popurrí sería entretenido si no fuera trágico: en un día podemos enterarnos de que las Malvinas son británicas y su paisaje semeja a Escocia, que Olivos despreció la cuarentena, que dos diputados son misóginos, que una cocinera mediática se queja por la injusticia de no poder volver de Francia, mientras muestra las quince habitaciones del castillo donde quedó varada. El 60% de los niños pobres del país y los cien mil muertos por COVID, bien gracias.

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Acompañando esa liviandad, la política se desentendió de la agenda social. A su manera, también ella ofrece un espectáculo. Pero pareciera que algunos lo están interpretando mejor que otros. Si la lógica del capitalismo resistió la pandemia, podría decirse que el peronismo también preservó la suya, dotada de reflejos oportunistas y pragmáticos: en pocos días disimuló sus diferencias, giró al centro buscando los votos imprescindibles, se aproximó a Estados Unidos, vacuna a millones y subsidia con dinero devaluado las necesidades populares. Con sabiduría ancestral, sabe que los pesos sirven para poco, pero tenerlos ayuda, junto con otros rebusques, a llegar a fin de mes.

Un fenómeno singular completa el cuadro: a pesar de los peores indicadores sociales en mucho tiempo, la protesta acecha pero no estalla. Aun con toda su precariedad, la pax peronista es paralela a una relativa paz social, que contrasta con las protestas inorgánicas y violentas que sacuden a varios países de la región. Esa mansedumbre constituye un desafío para sociólogos y analistas. La derecha republicana la atribuye al clientelismo, pero el fenómeno es más complejo. Confluyen en él factores que exceden la sumisión: los subsidios, la territorialidad del peronismo, los sindicatos, los movimientos sociales, las iglesias, los liderazgos barriales. Y la solidaridad. Mucho más que punteros, choripán y Coca-Cola.

En este panorama, lo que llamamos pax peronista quizás encierre una jugada encubierta: la cancelación, al menos momentánea, de la política. En su insuperado análisis del discurso peronista, Silvia Sigal y Eliseo Verón mostraron cómo el primer Perón llamó a la unidad nacional en torno a su liderazgo y su doctrina para enfrentar la crisis de la época, mientras fulminaba a los políticos por la incapacidad de resolverla. No es ajena a esa despolitización la famosa solicitud: “De casa al trabajo y del trabajo a casa”. El líder encabezaba a una sociedad que delegaría en él la tarea de liberarla de la opresión. Con el espacio público vacío y el debate político rebajado a un pasatiempo dañino e inútil.

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De las notas dominicales, por la info no sesgada, Humanidad rescató el análisis de Jorge Liotti. El cierre de listas- dijo el columnista -. le dio un triunfo simbólico al Presidente, pero ratificó el poder de la Vice.

Cristina Kirchner, lejos del esplendor del fundador, demora su ocaso con la lucidez agónica de los líderes. Logra ordenar su coalición y cuando presenta los candidatos convoca a un debate sobre la deuda, más allá de los partidos. Reparte las culpas, pero advierte: la contrajimos en sucesivos gobiernos, de modo que todos somos responsables de resolverla; por eso, ninguno puede hacerse el distraído. Hábil táctica para tiempos de jefaturas débiles. Sin Perón, sin Néstor o sin ella misma en el cénit, debemos asumir la realidad. Pero con una condición: que el debate quede a mi cargo, que pueda dar y quitar la palabra a los participantes, como en el Senado. La pax peronista, aun decadente, se nutre de una verdad justicialista no escrita: ante las crisis vale el liderazgo, no la política.

Tal vez este sea hoy el drama de la oposición: haberse quedado del lado de la politiquería, como la Unión Democrática en 1945. Aunque con una salvedad: el peronismo ya no es el que fue, la larga agonía que le atribuyó Halperín Donghi se prolonga pero no se revierte. Sin embargo, la futilidad que Perón les endosaba a sus adversarios se instala una vez más como lo otro del peronismo. Juntos – qué ironía -, entró por el aro: cumple el rol que le asignó su adversario. Para buena parte de la sociedad no hace política, entendida como bien común, sino lucha sin pudor por las candidaturas, expone personalismos, demuestra insensibilidad social.

La oposición, acaso distraída por sus disputas, no se da cuenta de que el peronismo le movió el arco. Que el “bien común” es ahora vacunar y reactivar, no hacerles “un mal inconmensurable a los trabajadores y las trabajadoras” con una “carga de odio y misoginia”, como exageró con astucia el jefe de Gabinete. Regresaron, por impericia, “los profetas del odio” de Jauretche, un mito que pone al peronismo del lado del amor y al no peronismo del lado del espanto.

Este es un tiempo duro y desafiante. También para los políticos argentinos. Es probable que la pandemia haya adelantado el futuro, mientras ellos siguen repitiendo compulsivamente el pasado, donde – como escribió Borges –, “todo era fácil, nos parece ahora”. La pax peronista quizá no alcance para este tiempo. Pero aún menos la miopía opositora.

Si algún recién llegado colmara este vacío, podría quedarse con todo.  

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