Internacional Opinión

Los retos de la Argentina en el Atlántico Sur

En el tablero geopolítico, con un compromiso anglo-sajón para contener y eventualmente revertir la expansión de China, Tokatlian analizó prioridades y debilidades de Argentina en el Océano donde están las Malvinas.

Por Juan Gabriel Tokatlian (elDiarioAr)

Hace pocos días se selló el acuerdo entre Australia, Estados Unidos y el Reino Unido (AUKUS por su sigla en inglés) para limitar la influencia militar y la proyección de poder de China en la región indo-pacífica y que incluye el desarrollo de submarinos de propulsión nuclear para Australia. Probablemente la debacle en Afganistán aceleró la concreción de ese compromiso anglo-sajón. Sin embargo, es un acontecimiento con indudables consecuencias geopolíticas y de largo plazo. A su vez, se viene vigorizando el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD por su sigla en inglés) iniciado en 2007 y re-establecido en 2017 entre Estados Unidos, Australia, Japón e India con el objetivo de responder al ascenso mundial y regional de Beijing. El Índico y el Pacífico pasaron a ser concebidos como espacios fundamentales para contener, cercar, retrasar y, eventualmente, revertir la expansión de China como una superpotencia. Estos dos eventos, entre otros, revelan la renovada gravitación de los océanos en las políticas exteriores y de defensa de los países. 

Asimismo, en 2020 varias instituciones académicas y think-tanks fueron subrayando la creciente importancia de los océanos en la geopolítica internacional. Por ejemplo, el Belfer Center for Sciences and International Affairs de la Universidad de Harvard produjo, en marzo de ese año, un informe sobre la viabilidad y practicidad de una OTAN del Pacífico. A su turno, la conservadora Heritage Foundation elaboró en diciembre un estudio sobre la necesidad de que Estados Unidos despliegue una estrategia en el Atlántico: de hecho ahí se sugiere un Quinteto (Atlantic Quintet) compuesto por Estados Unidos, Colombia, Brasil, Marruecos y Nigeria. En agosto de 2021 Estados Unidos desplegó el mayor ejercicio naval desde 1981 integrando operaciones en el Atlántico y el Pacífico con el doble propósito de enfrentar simultáneamente a Rusia y China. 

Entre nosotros, en 2009, fue presentado ante la ONU el límite exterior de la Plataforma Continental argentina que hoy es parte de la legislación interna. Como es natural se centra en el Atlántico, al tiempo que el más reciente anuncio de Chile de su Plataforma va más allá del Pacífico y se extiende al Atlántico. El tema será sin duda objeto de conversaciones futuras. En todo caso, refuerza la idea de la notoria relevancia de los océanos. Adicionalmente, desde julio de este año la Argentina junto con Brasil y Uruguay han buscado revitalizar lo que se conoce como la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur. En forma paralela, se anunció la construcción de un nuevo puerto en las Islas Malvinas por parte del Reino Unido. Cabe recordar que en enero de este año la Guardia Costera de Estados Unidos, con el respaldo del Comando Sur, llevó a cabo la Operación Cruz del Sur dirigida al combate de la pesca ilegal en el Atlántico Sur.

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En ese contexto, la Argentina enfrenta un reto significativo: en el marco de una enorme debilidad interna y elocuente vulnerabilidad externa necesita con urgencia diseñar e implementar una estrategia hacia el Atlántico Sur. Esto requiere de cuatro condiciones básicas.

La primera es entender la envergadura del desafío y alcanzar el indispensable acuerdo nacional en la materia. Si la dirigencia persiste en polarizar todo la agenda del país la Argentina vivirá una insolvencia estratégica que será aprovechada por múltiples actores del exterior en un escenario global cada vez más pugnaz. La segunda es tener una prioridad clara. Respecto al Atlántico Sur, sería conveniente tener a China afuera, a Estados Unidos neutral, al Reino Unido agobiado (en otras partes del mundo), a Brasil aliado y a Chile distante. La tercera es poseer una política de aprovisionamiento militar precisa y balanceada. En ese sentido, por ejemplo, comprar primero submarinos y después aviones; primero a Occidente (en especial, a Francia) y luego a Oriente (entre otros, a China). Y la cuarta es institucional: es imperativo una mayor coordinación respecto a lo que algunos denominan la Pampa Azul entre los Ministerios de Relaciones Exteriores, de Defensa, de Seguridad, la Secretaría de Asuntos Estratégicos y la Agencia Federal de Inteligencia.  

Indudablemente, las necesidades y demandas internas son hoy vitales y así debe ser. Pero postergar, una vez más, los debates, los consensos y los recursos en cuestiones internacionales sería un error garrafal. E inadmisible.

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