Reflexión

Mita y mita

Escrito hace unos años, este texto del cineasta Mario Sabato, es un canto contra los fanatismos basados en la pureza étnica. El valor y respeto por lo que las personas son y no por sus etiquetas.

Por Mario Sabato

Quienes pretendan una visión más trascendente (infinitamente más trascendente que la mía) sobre la cuestión judía, deberían leer a Jean Paul Sartre. Yo solo puedo, y debo, limitarme a algunas impresiones personales, a apuntes que no pretenden ser una teoría, y que mucho menos tienen la pretensión de que sea válida para todos.

Estas cavilaciones, tan personales, nacen de mi condición de “mita y mita”, como se les decía antes a los hijos de “un matrimonio mixto”. En mi caso, de una madre judía y de un padre que no lo era. Aunque, valga la digresión, es posible que el apellido de mi padre, con siglos de cristiandad, haya tenido un remoto origen judío.

Empiezo por lo más elemental: valoro y respeto a las personas por lo son, no por las etiquetas que les ponen o que ellas mismas se adjudiquen. No me da para aceptar las fraternidades que, por aquellas etiquetas, muchos se profesan. Muchísimo menos, claro está, puedo tolerar a quienes etiquetan a otros para odiarlos.

Me irritan todos los fanáticos. Los que creen que hay razas inferiores, o los que se proclaman como un pueblo elegido.

Mi respeto por los demás está indisolublemente ligado al que debo tener por mí mismo.

No acepto que algunos antisemitas me indiquen lo que soy, ni que algunos judíos me anuncien lo que debo ser.

Mario Sabato; «Desconfío de la pureza étnica; es menos enriquecedora que la impureza»

Por supuesto, no es lo mismo el odio de un antisemita que la creencia religiosa de un judío.

Pero victimarios y víctimas victimizan mi santa libertad de elegir lo que quiero ser.

Seré judío si decido serlo. Me sentiré judío, si lo deseo, más allá de que el vientre judío de mi madre permita que me acepten los que crean en semejante intolerancia.

Sé que a muchos amigos les dolerá lo que acabo de escribir, y que lo sentirán como una blasfemia.

Lo lamento, y le pido que me disculpen y me perdonen. Pero creo que muchas veces se llega a las verdades más incómodas y dolorosas por lo que otros pueden sentir como blasfemias.

Desconfío de la pureza étnica. Y creo que es menos enriquecedora que la impureza.

Me alegro que mis nietos tengan una explosión de etnias en su sangre. Que sus venas estén recorridas por las herencias de calabreses, de judíos rusos y polacos, de albaneses, de vascos y españoles, de armenios y de incas. Todos sus ancestros tienen algo valioso que aportarles.

Nadie nace solo. Cada uno de nosotros vino al mundo acompañado y signado por sus antepasados, por sus historias, sus afectos, sus dolores y sus creencias. Quiero creer que todos esos aportes no sean una obligación, sino un enriquecimiento y nada más que una sugerencia.

Cada persona tiene el sagrado derecho de ser única, y elegir su destino. Que no puede, no debe, ser doloroso para los demás. Ese sagrado derecho conlleva una obligación, que no es fácil de cumplir:

Ser, tratar de ser, una buena persona.

Que es lo que importa, muchísimo más que las etiquetas.

  • Los matrimonios mixtos aprobados por Pablo VI cumplirán 52 años el próximo 31 de marzo.

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