Reflexión

El cielo azul

El pasado a veces sigue doliendo por más que se lo crea superado. Nos persigue con fantasías, historias falsas y culpas inexistentes. Soltar, para poder ser.

Tengo un plato de comida en frente mío. No se si seguir comiéndolo o comenzar a escribir. Tarde. Ya pegué un nuevo bocado. ¿Ocurrirá lo mismo con nuestras locuras? ¿Tendremos momentos en los que las podemos evitar, controlando nuestro propio instinto? Para empezar… ¿qué es una locura?

No puedo dejar de relacionarla con algo que nos atormenta. Y lastimosamente a nuestros tormentos los tratamos de revestir con ropa de princesa para que no parezcan lo que son. Para que no nos persigan por las noches. Porque… ¿qué daño puede causar una princesa?

La frase «hay que conocer nuestro pasado» o su otra versión, «saber de dónde venimos», es tan odiable como toda frase que se usa en la generalidad. Pero por más tonto que resulte repetir estas muletillas una y otra vez a lo largo de vaya a saber cuántas generaciones, no se puede dejar de hacerlo, porque resultan sumamente útiles.

Entre esta polaridad, entre el me gusta y el no me gusta, aceptamos lo que cae hacia nosotros por costumbre. Hasta le llegamos a tener aprecio, un cariño ligeramente maternal, o paternal según el caso.

Volviendo entonces, no hay que olvidar de dónde venimos. Porque nuestro tormento se encuentra allí, y según la inteligencia de cada quien, lo vamos reforzando o debilitando. Enhorabuena quien haya entendido que la vida es para disfrutarla y no para estremecerse cada noche en su cama. Resulta fácil decirlo, por supuesto, pero es el primer paso a la libertad.

Nos atamos a ideas, pasiones y personas por una cuestión más estúpida que los aforismos. Lo hacemos por una cuestión emocional. Y desapegarnos de eso lleva su tiempo. Si en vez de trabajar para convertirnos en el humano nuevo que podemos llegar a ser, acentuamos nuestras fantasías estúpidas y creemos nuestros propios relatos, vamos a terminar mal.

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Siendo joven o ya mayorcito/a, es indudable que todos tuvimos la oportunidad de decirnos: «qué boludo/a, por qué hice eso, por qué elegí tal cosa», o «por qué dejé aquello en lo que me iba bien, por qué me tuvo que pasar lo que me pasó». Yo pregunto, ¿por qué somos tan implacables con nosotros mismos? ¿Por qué no podemos ver que nuestra historia estuvo marcada con sangre, la sangre que corrió en nuestro cuerpo durante cada decisión y cada padecimiento? Porque la vida no es vivir la belleza únicamente. Es reconocer que el dolor existe. Que por más insignificantes que sean, hay cosas que nos afectan.

Existen varios caminos para atravesar las heridas de la vida, hayan sido de la envergadura que fuera. El primero es dejarse caer en el vacío con alguna adicción. Rendirse totalmente y quedarse ahí, hasta que pase un milagro que nos saque de aquel transe.

La segunda opción es mirarlas, decirles «okey, se que están ahí», y seguir caminando hacia adelante. Pero ojo, al caminar no debe mirarse la herida, debe mirarse el camino que estamos por pisar.

La tercera opción es crearse fantasías para echarle la culpa de nuestro sufrimiento a un otro/s, ya sea real o imaginario. Esta es una locura interesante, porque puede generar las novelas más emocionantes de la historia, los razonamientos a los que nadie llegó por falta de originalidad, la pintura más bella por una creatividad propia de un genio.

Es que los genios no tienen solamente inteligencia. Tienen traumas, como todos, pero los canalizan excelentemente bien en su arte. Luego, lo que ocurre verdaderamente en su mente, puede terminar en una tragedia, pero eso es justamente a lo que no hay que llegar.

¿Qué sensación más linda que vivir sin sentir cuentas pendientes, pecados que corregir, culpas que roer? Uno podrá decir, «imposible, con los hijos de …. y complicados que somos los seres humanos, vivir tranquilo es una ilusión«. Sí, puede que sea una ilusión, pero soñar con ella nos libera. Nos saca de la locura que nos atormenta y nos hace ver el cielo azul.

Las fantasías y los dolores no están en ningún otro lado más que en nuestra mente. Liberarnos de ellos depende de nosotros, siendo más humanos que nunca. Porque la solución está en el mismo problema. Lo que nos ocurrió en el pasado y sus secuelas, para que deje de afectarnos, tiene que ser resuelto con los ojos bien abiertos y las sensaciones a flor de piel. De esa manera veremos lo estúpidos que fuimos y lo increíbles que podemos ser. Gran vida nos espera.

Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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