Sociedad

«Si quieres conocer a Agapito, dale un puestito»

Encantador fuera de la oficina y un cretino como profesional. ¿Es en el trabajo dónde mostramos nuestro verdadero yo? Las conclusiones, en esta nota de El País. Con un aporte de Humanidad.

Por María Sánchez Sánchez (El País)

Existe una creencia popular que que considera que es en el trabajo donde se deja ver nuestro ‘verdadero yo’ y que la forma en la que tratamos a nuestros compañeros o empleados muestra cómo somos en realidad. El trabajo es, en términos generales, un lugar peculiar en el que se han de hacer malabares para gestionar múltiples variables: responsabilidad, egos, ambición, autoridad, amistad… y no siempre en las mejores condiciones. Por eso ¿es justo decir que la forma en que lidiamos con eso nos define realmente como personas? 

Para Elisa Sánchez, licenciada en Psicología y profesora de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), es muy complicado determinarlo de esta forma porque lo habitual (y natural) es comportarse de manera diferente en función del ámbito en el que nos encontremos. “Una cosa es el rol de hija, el rol de madre, el rol de pareja o de amiga y el rol de trabajadora, de jefe, etc. En función de las expectativas que tengamos de cómo ser adecuadas en ese rol vamos a ejercer un tipo de comportamientos u otros”, explica. “Desde los filósofos griegos la personalidad se entiende como unas máscaras que nos ponemos para interactuar con los demás, por lo que siempre existe una parte de deseabilidad social, de reconocimiento social en nuestras interacciones con otras personas”. De hecho, Sánchez ve complicado que mostremos nuestra verdadera esencia en el trabajo, que es, a priori, un lugar en el que “nos ponemos más máscaras y no decimos directamente lo que nos molesta”.

Nuestra personalidad en el trabajo no es un tema menor, ya que, según han mostrado varios estudios, incide directamente en el desarrollo de los equipos, de los objetivos de la empresa, de las posibilidades individuales para ascender o, incluso, en el sueldo que se recibe. Según una investigación de Truity – firma especializada análisis de personalidad -, ganan más quienes se muestran extrovertidos y capaces de llevar una vida bien estructurada. En el lado contrario, estarían los que tienen una actitud más reservada y son proclives a dejarse llevar por las emociones. Otros estudios apuntan a que los psicópatas adaptados (se calcula que un 1% de la población lo es) tienen más opciones de triunfar en el ámbito laboral y llegar a puestos directivos, ya que su carisma, determinación o ambición son percibidas como positivas en ese contexto.

En función de cómo estén de instauradas en nosotros esas variables de personalidad y los objetivos laborales que nos marquemos, nuestra conducta será una u otra. Por ejemplo, detalla la profesora Sánchez, “si una persona tiene mucho miedo al rechazo, a lo mejor utiliza una serie de conductas más intensas en el ámbito profesional y tiene que hacerlo todo muy perfecto y es muy exigente porque le molestan las críticas o no las acepta bien”. Por eso, añade, “es muy frecuente que haya personas que en su ámbito familiar sean muy sumisas (o muy dominantes) y en el ámbito profesional lo opuesto. Sorprende mucho cuando, a un compañero o compañera de trabajo que es muy autoritario, le oyes hablar por teléfono con su pareja y está muy sumiso”. 

Comprobar cómo alguien divertido, empático o amable fuera del entorno laboral se comporta como un cretino cuando se trata de trabajar codo con codo es una experiencia que genera mucho desasosiego a quienes la sufren. Así, es habitual descubrir que esa persona que te habían definido como “encantadora”, en el trabajo, es alguien sibilino, manipulador, que miente, malmete con los jefes, carga con marrones a otros y jamás echa una mano desinteresada cuando alguien está en apuros si no va a recibir algo a cambio. Luis López lo ha vivido en la agencia creativa en la que trabaja: “Fue con un compañero con el que siempre me había llevado bien, pero cuando entró a formar parte de un proyecto en el que estaba, de repente, empezó a tener una actitud muy inquisitiva, queriendo imponer su criterio y enfadándose si el resto no hacíamos lo que él decía”. 

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El desgaste fue tal que tras ese proyecto conjunto no han vuelto a hablar, lo que ha llevado a López a reflexionar sobre los motivos que han podido propiciar esa forma de actuar. “He llegado a pensar que es una persona que se siente amenazada porque ve o cree que la gente más joven está más adaptada o sabe más que él”, explica. “También creo que es una persona que arrastra complejos o traumas, pero en el trabajo esas cosas hay que intentar que no afecten”. 

Leire Suárez, profesora de secundaria, aún recuerda el estupor que le causó comprobar que el compañero más simpático del claustro, se transformaba en una persona completamente diferente cuando estaba con los alumnos: “Con los profesores era súper simpático, siempre organizando cosas, aportando alegría al día a día, pero los alumnos de mi tutoría me contaban que no les caía bien y a mí me resultaba muy raro”, señala. “Hasta que un día que estaba sola en clase, con las ventas abiertas, escuché cómo estaba tratando a los chicos y las cosas horribles que les decía. Ahí fui consciente de la diferencia brutal de comportamiento que existía con unos y otros”. 

Los expertos explican estos cambios de conducta tan acusados por los estereotipos y expectativas que se generan en el ámbito laboral. Fernando Azor, psicólogo clínico, forense, señala que “cuando no estás en un contexto laboral todo es más fácil porque no tienes que negociar cosas conflictivas (un sueldo, un horario, una tarea…). Pero en un ámbito de trabajo se establecen unas normas y uno tiene que cumplirlas, por lo que se va a producir un tipo de relación que cambia radicalmente”. Ahora, ya no se trataría solo de conseguir la aceptación del grupo de referencia, sino del cumplimiento de unas exigencias. “Si tú tienes una relación laboral de jefe-subordinado, por ejemplo, no vas a entrar en cómo se siente tu subordinado, sino en si cumple o no su tarea, o si a mí me van a reclamar y preguntar por qué no se ha hecho a tiempo”. 

La necesidad de cumplir y adaptarse explicaría también que haya personas que hagan el camino a la inversa y se comporten de forma mucho más grata en el trabajo a como lo hacen en su vida privada: “Si tú en el trabajo te sientes juzgado y quieres que la gente vea que haces las cosas bien y que colaboras, te puede llevar a ser alguien agradable. Sin embargo, cuando llegas a casa, tienes que aislarte un poco del esfuerzo que has hecho y, con la familia, ser una persona mucho más huraña. De hecho, es algo bastante frecuente”, recuerda el psicólogo.

Nuestra personalidad marcará la forma en que nos desenvolvemos en esas circunstancias. “Cuanto más estructurado y rígido seas, más probable es que mantengas una conducta estable y pases menos al plano de las emociones”, indica Azor. Y, otro factor determinante será el contexto. “No es lo mismo tener unos horarios muy extendidos o un estrés de entregas a estar, por ejemplo, trabajando en unas instalaciones deportivas, charlando con los distintos monitores que van pasando por ahí”, señala el psicólogo. “Las cosas que se generan en esos dos ámbitos van a ser muy diferentes”. 

Además de las personas que cambian por completo su forma de actuar en cuanto ponen un pie en la oficina, otro fenómeno muy extendido es la transformación (a peor) que se produce cuando alguien asciende y pasa de ser un compañero, más o menos empático, a una persona altiva o autoritaria. Como explica la profesora Sánchez, el motivo puede ser que copie las formas de un jefe anterior o que quiera tomar distancia: “Como he tenido mucha confianza con los compañeros y he mostrado mi vulnerabilidad; me he ido de fiesta o he criticado a otros jefes con ellos, ahora me pongo en el otro extremo. Se confunde poder con autoridad o ejercer la jefatura con fuerza en lugar de con un liderazgo más saludable”

Cuando estamos en el trabajo llegamos incluso a olvidar causas o valores sociales que, en otras circunstancias, defendemos con ímpetu. Y así, personas partidarias de la conciliación o el dereco a la desconexión se sienten contrariadas cuando alguien no les contesta a un email fuera de su horario laboral o un compañero se queda en casa teletrabajando para cuidar de un familiar enfermo. “Nuestras conductas no siempre van alineadas con nuestros valores o con lo que decimos que son nuestros valores”, explica Elisa Sánchez. Y, en estos casos, “percibimos la repercusión negativa que eso tiene sobre nosotros y las molestias que nos acarrea” si la empresa no reemplaza a estas personas o no redistribuye las tareas de otra manera. 

¿Y qué podemos hacer cuando nos toca trabajar con alguien así, amable y servicial fuera del trabajo, egoísta y fastidioso dentro de él? Ambos expertos coinciden en que es mejor no tomárselo como algo personal y pensar que no lo hace para molestarnos de una forma concreta. “En este tipo de interrelaciones constantemente se están produciendo interpretaciones que tienen que ver con las emociones y, dependiendo de cómo nos sintamos, vamos a llegar a conclusiones que quizás no son reales, por eso es importante hacer un trabajo personal de gestión y negociación de nuestras necesidades”, señala Azor. 

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