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Qatar 22: el capitalismo gana la batalla del fútbol, el deporte más democrático

Beatriz Sarlo, tras el pase por penales de la Argentina a las semifinales del Mundial de Qatar, explicó por qué el fútbol es un deporte tan masivo. Chicos con cualidades innatas, surgidos de los potreros, - Maradona, caso típico -, llegan a la cima.

Por Beatriz Sarlo (Perfil)

Es bueno que la gente esté contenta algunas horas y conserve ese recuerdo entre tantas memorias grises. Fue empate hasta que terminó el tiempo de juego, pero ganamos por penales y se despejó la nube de suspenso que planeaba sobre nuestro cielo. La alegría es merecida y el aplauso es para los jugadores del seleccionado que nos la trajeron a los televisores y a la visión directa de los que pudieron pagarse el viaje a Qatar. El camino está abierto para más victorias.

El último viernes, la calle estaba capturada por el suspenso, mientras yo, siempre en la luna, escribía esta nota antes de que comenzara el partido de Argentina y los Países Bajos. Si se compara el lugar del Mundial en los grandes diarios locales y el que ocupa en los franceses o ingleses que se dirigen a públicos culturalmente similares, se llega a la equivocada conclusión de que el fútbol importa menos en aquellos países. En el caso de Le Monde, alcanzó el puesto séptimo entre las noticias del lunes pasado, aunque, más abajo, se accedía a una cobertura especial. La importancia en la titulación fue creciendo con los días. Cualquiera puede ir a la web y comprobar si exagero. Incluso en un país futbolero como Brasil, Folha de Sao Paulo no le dio a Qatar el trato principesco que obtuvo en los diarios argentinos desde el comienzo de la semana. Las victorias, podría decirse, justifican ese trato.

Obsesiones legitimas. Junto a la alegría moderada del empate, surge una pregunta. ¿Hacia dónde estamos fugando con estas obsesiones legítimas que, como la tarde del viernes, recibieron su ajustada recompensa?

No se puede responsabilizar solo al periodismo, ya que es parte de una movilización futbolera que atraviesa de punta a punta todos los sectores sociales, a los que leen diarios sobre papel y a los que solo hojean fragmentos en las redes. Los argentinos son futboleros. Y para comprobarlo basta hacer el breve ejercicio comparativo que la web permite, de modo barato y fácil.

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Debe reconocerse, por otra parte, que los comentaristas argentinos tienen un entrenamiento considerable, porque el fútbol ingresa en medio de los diálogos políticos y culturales como tema del día, incluso cuando no transcurren batallas mundiales. A este escenario se han sumado las mujeres, conquistadas por el fútbol, que hace años era tema masculino, al que hoy ellas aportan una especie de pasión romántica y los nuevos conocimientos que han adquirido. Ya no se escucha una frase repetida en el pasado, del tipo “déjense de hablar de fútbol”.

Lo viejo y lo nuevo. Mi tío Ernesto del Río fue centrojás, como él decía, del equipo de Central Argentino, patrocinado entonces por la línea ferroviaria del mismo nombre, donde él trabajaba como auxiliar en una estación remota. Según me fui enterando, tuvo sus minutos de gloria. De recuerdo le quedó una medallita, que usaba en la cadena del reloj.

Nacido en 1890, le habían enseñado a jugar los ingleses de Belgrano en una cancha que él siempre denominaba Manuela Pedraza, por el nombre de la calle donde estaba ubicada. Y eso fue todo. Después, nos ilustran los trabajos de historia del fútbol como el de Pablo Alabarces, poco a poco llegó la profesionalización, que, por supuesto, no le tocó a mi tío, que fue centrojás demasiado temprano. De su pasado futbolero, conservó solo esa medallita y los recuerdos que evocaba ante los clientes del surtidor de nafta que manejaba en la calle Álvarez Thomas.

La historia se acelera hacia la profesionalización y llegamos al presente con clubes que gestionan millones y atienden demandas también millonarias de los jugadores. El capitalismo gana todas las batallas, cuando descubre, temprano, que en algún lugar puede haber un yacimiento. Del mismo modo podría seguirse la posterior historia de la profesionalización del tenis, para poner otro ejemplo bien conocido.

Un deporte para todos. Pero la popularidad del futbol, que, a diferencia del tenis, puede jugarse en un baldío con pisos irregulares, barrosos o polvorientos según lo decidiera la meteorología, creció más rápida que la de cualquier otro deporte.

Durante décadas, el rugby quedó limitado a sectores sociales que pudieran entrenarse en escuelas privadas y clubes que seleccionaban a sus miembros. Por lo tanto, cargó con un marcado origen de clase. El fútbol fue un milagro como deporte porque dios permitió que recibiera a casi todo el mundo, hábiles y pataduras. Incluso el aprendizaje marca fuertes diferencias entre el fútbol y el tenis. Por ejemplo, es improbable dar todos los golpes del tenis si no se han aprendido las distintas formas de empuñar la raqueta, preparar y terminar cada movimiento, imprimir el top spin o sacar para empezar a jugar.

El fútbol estuvo desde el comienzo al alcance de todos los que fueran hábiles, aunque no hubieran pasado por una extensa formación. El fútbol se recibe como herencia generacional en los potreros. Vale la habilidad que se trae, antes que las habilidades aprendidas. Y cuando se aprenden otras, siguen valiendo más las habilidades congénitas, que los clubes detectan para sumar a sus divisiones inferiores y sus escuelas.

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Los grandes tenistas argentinos tienen historias familiares de aprendizaje. Los futbolistas argentinos, por lo menos hasta las últimas décadas, vienen al mundo trayendo solo lo que los distinguirá. Por eso el fútbol es el deporte más democrático. La habilidad congénita vale tanto o más que cualquier habilidad adquirida. A los refinamientos puede accederse después, pero sobre una base de tradiciones anteriores, como sucede con las empanadas regionales, que no necesitaron de chefs para establecerse en el gusto popular. Por eso, también, algunos países, que no se distinguen mucho en otros deportes, pudieron figurar en la lista de los grandes.

El fútbol tiene una fisicalidad que preexiste a los aprendizajes. Tiene una velocidad de reflejos que también preexiste. Tiene una habilidad que, justamente en aquellos jugadores más apreciados, despuntó como innata. Maradona es el caso, pero no el único, sino la culminación de las cualidades innatas que pueden llegar de cualquier suburbio.

La popularidad del fútbol se origina en este principio de acceso irrestricto, que no asegura el éxito, pero que lo pone como horizonte al alcance de todos. Difícilmente un pibe de villa quiera ser tenista. Pero todos tienen el fútbol como posibilidad, aunque la realidad se ocupe en desmentirlo. Es uno de los pocos sueños que no salió mal en la Argentina, porque cualquier pibe puede soñarlo, aunque, después, la realidad, la genética y la destreza pongan sus límites.

  • Imagen destacada: en la costa Atlántica, una multitud viendo el partido entre Argentina y Países Bajos en pantalla gigante, a orillas del mar

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