Literatura

El arte es largo, pero la vida es breve

Heredero de Lafcadio Hearn y maestro de maestros, Natsume Sōseki nació en 1867 y murió en 1916 en Tokio, dejando obras claves para la literatura japonesa: curiosa, aparentemente sencilla, pero en el fondo muy escurridiza.

Por Fernando Cordobés (Eterna Cadencia)

Si uno quiere hacerse una idea de la trascendencia de Kokoro en el Japón de 2014, año en el que se celebra el primer centenario de la publicación de la novela, basta un detalle. El Asahi Shimbun, uno de los principales periódicos del país, cuya tirada diaria es millonaria, inició en abril de 2014 la publicación seriada del libro, al mismo ritmo que cien años antes, en 1914, cuando su autor, Natsume Sōseki, era responsable de la sección literaria del periódico. Por su parte, los institutos japoneses tienen a KokoroSoy un gato y Botchan como lecturas obligatorias y, en cualquier biblioteca del país, las novelas de Sōseki no solo forman parte del fondo editorial, sino que a menudo son difíciles de consultar al estar continuamente en préstamo, al igual que sucede con las obras críticas sobre el autor, los textos de referencia o manuales para la lectura, las guías que reproducen los paseos de Sōseki y sus personajes por Tokio o los distintos lugares donde vivió, la monumental Sōseki y su tiempo, de Eto Jun, y un largo etcétera.

En la edición revisada del diccionario de español moderno de Hakusuisha, la definición de kokoro dice así: ‹‹Corazón, mente, alma, espíritu, pensamiento…». Se trata, por tanto, de un concepto de difícil traducción que los no nativos en lengua japonesa debemos resignarnos a entender solo a medias, por mucho que nos empeñemos en desentrañar la complejidad de un término que se ajusta como anillo al dedo a una forma peculiar que tienen los japoneses de entender el mundo: curiosa, aparentemente sencilla, ambigua, pero en el fondo muy escurridiza. Kokoro es uno de esos términos ‘ambientales’ que implican una atmósfera determinada, una sensibilidad específica. Conceptos como kokoro para los japoneses, saudade para los portugueses o huzün para los turcos, por citar algunos que implican sentimiento, melancolía, belleza en una de sus formas más sugerentes, deberían incorporarse junto a todo lo que comportan al resto de lenguas para enriquecerlas. ¿Cómo lograrlo? No parece que haya muchos caminos al margen de la literatura. En el caso de Kokoro, después de leer el libro no será tan difícil entender su significado y respirar la atmósfera que le da sentido.

Simplificar el título de la novela como hicieron algunas antiguas ediciones en lengua inglesa y reducirlo a The Heart [El corazón] o a Le pauvre coeur des hommes [El pobre corazón de los hombres], en el caso de las francesas, ofrece una interpretación, sin duda, pero elimina los matices y reduce la imprecisión de un término muy amplio con el que se pueden entender muchas cosas.

Cuando Sōseki comenzó con la redacción de Kokoro, se planteó escribir una serie de relatos de mayor o menor extensión cuyo trasfondo sería siempre el mismo: el final de la era Meiji, marcada no solo por la muerte del Emperador, sino también por el suicidio del general Nogi y su mujer. Ambos acontecimientos causaron un impacto emocional inmenso en la sociedad japonesa de la época, que los incipientes medios de comunicación extendieron como la pólvora hasta el último rincón del país. La era que había puesto fin al secular aislamiento de Japón, a una sociedad medieval anclada en valores ancestrales, que lanzó al país a una modernidad que imprimió una constante sensación de ansiedad, inseguridad y desorientación, había tocado a su fin. ¿Qué iba a suceder a continuación?

Una influencia decisiva

Varias entradas del diario de Sōseki atestiguan su preocupación al respecto y, entre sus objetos personales, se conservan los periódicos de entonces. Dos años después del fin de la era Meiji se publicó Kokoro.

Cuando afrontaba la redacción de la tercera y definitiva parte del libro, la larga confesión de Sensei en forma de carta, Sōseki comprendió que lo escrito hasta entonces había tomado ya la forma de una novela. Sin embargo, no fue un proyecto premeditado. Hubo circunstancias prosaicas que acabaron por moldear la obra tal y como la conocemos hoy en día. Como responsable de la sección literaria del Asahi, donde había publicado también por entregas muchas otras novelas suyas, esperaba a un sustituto que le tomase el relevo, para disfrutar así de un merecido descanso. Pero su sustituto enfermó y, hasta que encontraron uno nuevo, se vio obligado a alargar la confesión de Sensei, a la que puso punto final tan pronto como este nuevo responsable apareció. En una carta dirigida a un amigo, Sōseki confesó que nunca tuvo intención de darle tanto peso en la novela a la confesión de Sensei. Fueron las cuestiones de orden práctico las que le obligaron a hacerlo. Esa larga misiva en la que Sensei detalla su relación durante su época de estudiante con K, un compañero de estudios con quien también compartía casa, ha sido considerada por algunos críticos occidentales un defecto formal de la novela. Sin embargo, en una cultura que evita abordar los temas espinosos de forma directa, recurrir a un cierto artificio para expresar algo de manera alambicada se entiende de un modo muy distinto, especialmente en 1914, cuando aún se practicaba la hermosa costumbre de escribir cartas.

Kokoro narra en primera persona la relación de narrador, el personaje principal, con Sensei, un hombre de más edad a quien conoce por casualidad durante unos días de vacaciones en la localidad costera de Kamakura y que ejercerá una influencia decisiva en su destino. En pocas palabras, se puede decir que la novela describe la relación entre ambos, así como la de narrador con su padre y su familia y, por último, la de Sensei con K, en la que Sōseki, como ya hizo en novelas anteriores, introduce un triángulo amoroso. No obstante, si se abre el foco, el cuadro lo completa tanto el final de una época, como el desenlace definitivo de unos personajes que han evolucionado con Sōseki desde sus primeras obras. ¿No se parece Sensei a Ichiro, el hermano mayor de El caminante, que también se confiesa al final de la obra en una extensa carta escrita por un amigo? ¿No se parece Yo al Daisuke de la novela homónima publicada, junto a otras, también por Impedimenta? A partir de Kokoro, sin embargo, las obras de Sōseki cambian de rumbo.

La Restauración Meiji, de 1867 a 1912, supuso una auténtica revolución impuesta por las élites cuyo objetivo era transformar un país cerrado, feudal, autárquico, con una fuerte base agrícola, hasta convertirlo en uno moderno, industrializado, capaz de hacer frente a las grandes potencias occidentales de la época que ansiaban añadir Japón a su listado de posesiones coloniales. De semejante empeño, nadie salió indemne y la sociedad en su conjunto sufrió una mutación traumática que marcaría su futuro destino histórico. En literatura, como no podía ser de otro modo, sucedió otro tanto. Hubo que cambiar de patrones, dejar atrás los viejos modelos de referencia y adaptar unos nuevos importados de Occidente.

De lectura obligatoria

Es difícil imaginar la convulsión que supuso para la gente de entonces enfrentarse a semejante volteo de la realidad. La muerte del Emperador simbolizó el final de una época y el suicidio del general Nogi junto a su mujer, provocó un impacto emocional que se aprecia en los textos de la época. Sōseki no se quedó al margen de todo aquello. De hecho, tampoco a él le quedaba mucho tiempo de vida y quizá por eso Kokoro desprende un aroma tan crepuscular. Después, publicaría dos obras más: Las hierbas del camino, una reflexión sobre el pasado y Luz y oscuridad que, a pesar de estar inacabada, fue ya una novela de otro tiempo, como señala el premio Nobel Kenzaburō Ōe en el prólogo a la traducción publicada por Impedimenta.

Unos años antes, durante una convalecencia en el balneario de Shuzenji para recuperarse de la úlcera de estómago que le aquejaba desde hacía tiempo, Sōseki sufrió una crisis que a punto estuvo de acabar con su vida. Rescatado de las garras de la muerte de puro milagro, esa experiencia contribuyó, sin duda, a darle un tono más profundo y melancólico a sus obras, a abandonar el humor de sus inicios como escritor, para centrarse en las difíciles relaciones personales y en la introspección psicológica de sus personajes. Algunas fotos de la época atestiguan ese cambio en su fisonomía. En una de ellas, fechada en diciembre de 1914, posa con sus dos hijos varones y se le ve cansado, prematuramente envejecido. Nada que ver con el joven que había marchado a Londres tiempo atrás para una estancia de dos años, experiencia que imprimió en él una huella amarga repleta de claroscuros. Su mujer Kyoko, daría cuenta de todo ello después del fallecimiento de su marido en su libro Mi vida con Sōseki.

En cuanto finalizaron las entregas de la novela en el AsahiKokoro se publicó en forma de libro. En sí mismo, un hecho semejante no tenía por qué constituir un acontecimiento digno de mención, pero supuso la inauguración de una de las grandes editoriales japonesas que más iba a contribuir al desarrollo cultural del país: Iwanami Shoten.

Shigeo Iwanami, su fundador, aún no tenía decidido por aquel entonces qué nombre le pondría a su empresa, pero lo que sí sabía era que su proyecto resultaba demasiado ambicioso como para poder afrontarlo con sus escasos medios económicos. Consciente de ello, Sōseki decidió ayudarlo. Costeó la primera edición de su bolsillo y se encargó personalmente del diseño del libro. Después de su experiencia libro como objeto, no solo como texto, para que tuviera un mayor atractivo, un nuevo aire que atrajera al público, lo cual se traduciría al final en mayores ventas. Así le había sucedido ya con Soy un gato, de cuyo diseño se encargó el hermano pequeño de un discípulo suyo y que enseguida se convirtió en un éxito de ventas. Para la primera edición de Kokoro en Iwanami, en cambio, Sōseki no dejó nada en manos ajenas, hasta el punto de que la penúltima página reproducía una frase en latín grabada por él sobre una plancha de madera que parecía una premonición: Ars longo, vita brevis.

Eto Jun, el gran estudioso de la vida y la obra de Sōseki, afirmaba que fue un hombre grande y generoso, como corresponde al padre de la literatura contemporánea japonesa. En su casa de Tokio recibía visitas de antiguos alumnos, de escritores consagrados y en ciernes, de amigos y admiradores. Hasta tal punto se hizo insostenible aquel trasiego, que empezó a afectar a su concentración en el trabajo. Decidido a poner coto a esa desorganización, concentró las visitas en un solo día cada semana, inaugurando lo que se conocería después en los círculos literarios como la «reunión de los jueves». En aquellos encuentros se hablaba de todo: literatura, arte, filosofía… Sōseki aconsejaba a sus discípulos, les prestaba sus libros, los orientaba. Sus puertas estaban abiertas y en la última época de su vida coincidió con uno de los grandes talentos que con el tiempo daría un nuevo rumbo a la literatura japonesa: Ryunosuke Akutagawa. Cuando Sōseki leyó su relato La nariz, le dijo que si escribía veinte o treinta textos como aquel, y si tenía la paciencia suficiente, se convertiría en un autor sin precedentes en las letras de Japón. Cuando publicó Rashomon, Akutagawa tuvo la consideración de dedicarle el libro a su maestro ya fallecido.

La actividad literaria de Sōseki se concentró en un periodo de tiempo relativamente corto, unos diez años, lo cual da una idea de su ingente labor, acuciado, sin duda, por la evidencia de que no iba a vivir mucho más. Se conserva una triste fotografía en la que se le ve ya moribundo, tumbado en un futón sobre el tatami, cubierto con una manta y rodeado de algunas personas que no se distinguen. En la creencia de la época de que si se tomaba la fotografía de un enfermo se lograría su sanación, la familia encargó una con la esperanza de rescatarle de nuevo de la muerte. Sin embargo, con ello simplemente lograron dejar testimonio visual de los últimos días de su corta vida. Como a K, el amigo de Sensei en Kokoro, a Sōseki lo enterraron en el cementerio de Zôshigaya, en Tokio. Los avatares históricos (el gran terremoto de Kanto de 1923 y los bombardeos de la segunda guerra mundial) que no solo destruirían la ciudad dos veces sino que además propiciarían su profunda transformación de una urbe de madera y papel a la megalópolis que es hoy en día, no consiguieron, en cambio, borrar del mapa el lugar donde descansa su alma, un oasis de paz al que acude mucha gente para refugiarse del mundo que asedia extramuros.

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