Cuento Literatura

El rojo que llegó al suelo

¿Hasta dónde puede llegar un empleado para satisfacer a su jefe? Los descubrimientos en una relación jerárquica que no por ello impide la comprensión (subjetiva) de los actos más despiadados.

Por Eduardo Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba

Ustedes saben que adoro a mi jefe. Cuando pasa por al lado mío, no hay forma de que vuelva a estar como antes. Adopto una postura erguida, trago algo de saliva, y observo fijamente la computadora para parecer exageradamente ocupado.

Una vez que mi visión periférica da cuenta de su cuerpo, tan imponente y admirable por cierto, empiezo un juego de movimientos faciales que más que diversión me provoca estrés. Ocurre que debo alternar entre miradas hacia él que le indiquen lo importante que es para mi, y aquellas que evitan por completo el contacto visual. ¿Quién soy yo para semejante privilegio?

Es más, hubo una vez que cometí la imprudencia de mirarlo a los ojos. ¡Acaso como si fuera alguien igual a él! O peor, él habrá sentido que lo rebajé al mismo punto en el que me encuentro yo. El caso es que se puso colorado como un tomate y me miró de una forma en que parecía que me estaba a punto de golpear. Me había acercado para decirle que era muy feliz en la empresa. Su reacción me impactó tanto que intenté terminar de modular la frase lo mejor que puede. «Soy muy feliz en estaa eemmpreesa», terminé diciendo.

Pero vamos a lo importante. Hubo una jornada hace muy poco en que realmente le salvé las papas del fuego. Mi jefe es un hombre reservado, pero aquello es propio de alguien criterioso. Un rapto de locura habrá tenido que un repentino suceso hizo que lo empezara a ver diferente. Más concretamente, como un asesino.

Todo empezó al observar la parte baja de su hombro izquierdo mojada con sangre. Él caminaba como siempre por los pasillos de la oficina. El resto de mis colegas estaba tan absorto en sus aislados mundos que ni siquiera lo notaron. Y eso que de su axila goteaba bastante líquido bordó.

Lo primero que pensé es que lo habían lastimado. Efectivamente, así fue. Pero poco después también me enteré que el otro había quedado peor.

Lo seguí a su despacho. Para cuando llegué a la entrada, las manchas rojas ya se habían vuelto pisadas. Me animé a tocar y aguardé. «Adelante», gritó con su vozarrón. Abrí la puerta y me lo encontré absorto observando a través de la ventana. Sus zapatillas se habían vuelto completamente rojas, o al menos los contornos de la suela. Me acerqué lentamente y le dije:

-Jefe, si necesita algo me avisa.

No me respondió con palabras, sino con un corto «mmjm». Salí de ahí y volví a mi cubículo. Llamé al personal de limpieza para que quitaran los restos ensangrentados del piso, producto de una excusa que inventé en el momento. Mis compañeros, tan zombies como siempre, apenas percibieron movimiento al lado suyo.

Me sentí contento porque creí haber ayudado a mi jefe en algo trascendental. No tardó demasiado en mandarme a llamar. Fue entonces cuando frente a frente, con su escritorio de por medio, me dijo:

-Ramírez, usted es un buen hombre. ¿Sabe cuánto vale la vida?

-No señor, solo se que tenemos una sola y que el que la malgasta es un gil.

-Bien dicho Ramírez. A partir del mes que viene tendrá un aumento. Puede retirarse.

No soy de hablarle de esa manera tan suelta a mi superior, pero la circunstancia de aquel día llevó a eso. Me salió intempestivamente. Tan directo como la noticia que salió al día siguiente en la que por la televisión se lamentaba la muerte violenta de un ladrón que desconocía uno de los tantos valores que se le pueda dar a la vida: el de la honestidad.

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