Cuento Literatura

El jefe amaneció golpeado

Un nuevo episodio de Ramírez en la oficina. En busca de respuestas, se acerca a distintos personajes para saber qué le pasó al jefe en el rostro. Pero entre caras de culo y otros obsecuentes como él, no le queda otra que tocar la puerta del mandamás.

Por Eduardo Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba

-¡Héctor! ¡Héctor! Viejo sordo… – reprochó mi jefe en voz alta al llamar a los gritos a uno los subordinados en el bufete, y sin que este se diera cuenta de tal acto.

-¡Sí, y es un viejo zorro! – dije yo de repente, saltando detrás suyo.

Mi estimado superior me miró de reojo, haciéndome saber que me había sobrepasado en tal comentario. Intenté que se olvidara pronto de lo dicho y puse en marcha un expedito plan de reparación.

-Quédese, voy hacia él y le digo que lo está llamando.

Veloz y desaforadamente corrí hacia la otra punta de la oficina, donde Héctor hablaba con otro colega. Le di el aviso y para cuando volví corriendo al lugar donde mi jefe había apoyado el peso de su cuerpo, su figura ya se había ido.

No fue su rapidez para irse cuando yo aparezco lo que me preocupó, sino la sutil pero efectiva forma en que evitó que le mirase el rostro. Claramente ocultaba algo. Y lo pude descubrir.

El jefe amaneció golpeado, otra vez. Ya intuía que esta jornada venía extraña. A diferencia del resto de los días, circuló por detrás mío sin un solo sonido, sin un solo chasquear de dedos. Pero pasadas las horas, volteé de repente al escuchar su carraspeo y vi su rostro lastimado.

Con tal solo imaginar que alguien le pudo haber puesto las manos encima… ¡ay, ay, ay! Se me retuerce el interior. Lo peor de todo es que no pasó ni una semana desde la vez que lo vi lleno de sangre. Sangre ajena, gracias a la misericordia divina.

Intenté averiguar qué le había pasado. Me acerqué a Lucas Bueno, uno de los que más tiempo lleva en el estudio de abogados. A casi 20 metros de distancia él ya me había visto, y apenas hicieron contacto nuestras miradas, Lucas puso una cara igualita a la de alguien a quien le tiran un pedo en el rostro. Desde entonces me arruinó lo que quedaba de la tarde, haciéndome pensar que soy un sujeto desagradable. Pero no fue nada que Mónica, la mujer maravilla, no pudiera arreglar en una breve charla en el comedor.

Después de comerme un par de empanadas y ya con el ánimo recuperado, volví a instigarme a mi mismo para averiguar lo sucedido. ¿Un nuevo asesinato? ¿Una pelea callejera? De repente apareció Max Power, quien tiene más antigüedad que yo. Empezó a contarme una interesante historia que terminaba reivindicando a la empresa en la que trabajamos. Más que de acuerdo, no pude hacer otra cosa que felicitarlo por sus elevados pensamientos. «¡Viva la empresa!», me despedí. «¡Viva la empresa!», respondió con el mismo fervor, aunque valga decirlo, yo lo hice con un mayor sentir.

No podía más conmigo mismo, asi que entré directo al despacho del jefe. Ya era la segunda vez que lo hacía en menos de un mes, después de tanto tiempo de quedarme en el molde. Ese acto intempestivo empezó bien, ya que justo interrumpí una conversación no deseada por mi superior. Fui la excusa perfecta para terminarla.

-Jefe, ¿qué le pasó en el rostro?

-Nada.

-Disculpe, pero me preocupa. Podríamos buscar a alguien para que se lo lama, como los animales que lamen sus heridas. Pero creo que no funciona en los humanos.

Mi jefe se quedó estupefacto. Ahí me di cuenta de la estupidez que había dicho. Inmediatamente recordé por qué empecé a quedarme en el molde.

-Mire Ramírez, que yo le haya concedido un aumento no le permite hacerme preguntas. Odio a los preguntones.

-Entiendo jefe, pero no soy de los que vienen queriendo saber algo para su propio beneficio, sino que realmente estoy interesado en usted.

-Estoy bien. Váyase.

Me dirigí a mi cubículo y en el resto del día apenas pude concentrarme.

0 comments on “El jefe amaneció golpeado

Deja un comentario