Two men sitting across a table in an office with city skyline in background
Cuento Literatura

Ramírez en apuros

Ramírez es enfrentado por su jefe ante una cuestión que atañe a la humanidad toda, pero que se presentó como un problema a partir de una buchoneada de uno de sus colegas.

Por Ramírez

El pasillo principal de la oficina tiene como cien metros de largo. Sí, el bufete de abogados es grande. Semejante distancia, llena de luces y escritorios, recién cobra relevancia cuando pasa por allí mi jefe.

Él camina de una forma única. Cuando está enojado, se le nota desde sus primeros pasos. Cuando lo veo venir pienso: “uy, Juancito la volvió a embromar”. Sin embargo, esta vez el motivo de su enrojecido rostro era nada menos que quien escribe.

Como iniciamos una relación de mayor conocimiento mutuo, mi superior fue bajando el enojo en su determinante andar. Para cuando llegó al sector de demandas por asuntos financieros las pisadas ya sonaban menos fuerte.

Treinta metros después aflojó sus manos. Las tenía cerradas con una fuerza de las que marca las uñas en la piel. Para cuando hizo los setenta metros necesarios para llegar a la otra punta del pasillo (donde está mi cubículo), parecía casi una persona en un día común y corriente. Lo único que no coincidió con ello fue su tono.

-¡RAMIREZ! Venga a mi despacho. – dijo temperamental, aunque sin gritar.

Una vez sentados frente a frente, mi jefe inició el interrogatorio.

-Si tuviera que describir el ambiente laboral en el cual trabaja, ¿con qué palabra lo haría?

-Hipocresía- respondí, para luego aclarar que la misma siempre proviene de mis colegas, no de mis superiores, por supuesto.

-Bueno, nada mas conveniente para usted en este preciso instante. Porque justamente uno de sus compañeros me informó algo sobre usted.

-¿Sobre mí?

-Así es, Ramírez. Usted se mandó una cagada.

Quedé pasmado, por no decir boquiabierto. No pude disimular el silencio y no quedó otro remedio que seguir escuchando uno de los momentos más tensos en mis décadas dentro de la compañía.

-Y no fue solo una. Mire, tengo un pariente que le ocurre lo mismo… las cagadas son inevitables. ¡Pero usted se manda demasiadas!

Entonces entendí de lo que estaba hablando.

-No puede ser que sean tantas veces… –continuó- Si usted me dice que no come yogur, lo dejo tranquilo. Pero los propios empleados de limpieza que colocan el papel higiénico me informaron, personalmente, que desde hace varias semanas se la pasan reponiendo rollos. Y justo coincide con el momento en que usted volvió de sus vacaciones.

-Para qué ocultarlo más. Tiene razón. Intento que nadie se fije que voy al mismo baño, pero con todo el pesar del mundo, es mi organismo el que me lleva ahí. ¡No soy yo!

-No se altere Ramírez. Tranquilidad, que esto no es causal de despido. Siempre y cuando usted me confirme que no come yogur ni nada que lo haga ir de vientre. En ese caso, y de seguir consumiéndolo, deberá pagar usted los rollos de papel de ahora en más.

-Ello tiene una pronta respuesta. Pero antes, jefe, quisiera saber quién fue el que le notificó de mis levantamientos cubiculares en dirección a los sanitarios.

-Charlie.

“¡Lo sabía!”, pensé hacia mis adentros.

-Su colega del área de demandas financieras se acercó a mi despacho y me dijo que a veces le ve el pantalón más marrón de lo normal.

“¡Hijo de puta!”, volví a pensar, con el ceño fruncido.

-Eso no es cierto, mi lord, digo, mi jefe. Que voy al baño, sí. Pero ejecuto solamente cuando las compuertas lo indican.

-Bueno, vaya, vaya, que ya se me hace que anda con ganas de ir, porque huelo a pedo.

-Discúlpeme señor, eso sí que no lo controlo. Por eso me dejó mi esposa…

-Le dije que vaaaayaaa. –terminó de decir cortante. Dejó de mirarme a los ojos, no solo para que volviera a mi cubículo, sino que también para ir a abrir la ventana.

Una vez de regreso en mi escritorio vi pasar a Charlie. “¡Basura!”, le dije en voz baja. “¡Cagón!”, me respondió en el mismo tono.

Pasaron los minutos frente a la pantalla, con el rutinario trabajo de cada día. De repente la panza me hizo ruido. Abrí uno de mis cajones y descubrí mi yogur. No, no lo iba a tomar. Lo agarré y justo cuando estaba a punto de tirarlo a la basura apareció un colega del área penal.

-¿No lo vas a comer? –me preguntó.

-Meh, ¿lo querés?

-Sí, gracias.

A la hora lo vi levantarse para ir al baño, hacia donde lo seguí y escuché ruidos estruendosos. Definitivamente no tomaré más yogur. ¡Mi jefe volvió a tener razón!

0 comments on “Ramírez en apuros

Deja un comentario