Por Santiago Llach (Revista Seúl)
La gloria es una incomprensión y quizá la peor, le hizo decir a uno de sus personajes. No era una observación lateral: Borges ya especulaba en 1938 cómo sería leída su obra en el futuro; quería que sus textos estuvieran vivos después de su muerte, y pasados 40 años podemos decir que, por ahora, lo logró.
¿Cómo lo logró? Trayendo a la vida textos del pasado que amaba. ¿Cómo los trajo a la vida? Ajusticiándolos: su homenaje (a Homero en el cuento “El inmortal”, a Dante en “El Aleph”, a José Hernández en “El fin”) tenía la forma de la destrucción creativa, de un descuartizamiento transformador. A los autores venerados les encajaba, como sus cuchilleros a sus víctimas, puñaladas ladinas. Sus narraciones están llenas de herejes, desertores y traidores: esa fue la posición que él también decidió ejercer. Máquina malévola de las interpretaciones, se hizo autor desafiando a los viejos cuchilleros de la literatura (reescribió a Odiseo como un desertor, a Dante como un virginal cornudo y a Martín Fierro lo hizo asesinar: todo cuaja). Cuanto más hacia atrás y a lo ancho se fue (a las viejas mitologías, a las filosofías circulares de Oriente, hacia exóticos escritores ingleses y hacia literaturas poco conocidas como la escandinava medieval), más carrera tomó para ser leído hoy.
No era un erudito: era un lector ansioso, distraído y evasivo que tenía oído literario absoluto. Convirtió la biblioteca en un parque de diversiones. Nos dio herramientas para ser mejores lectores, para comunicarnos mejor con los muertos, para conversar con ellos. Diseñó en 1941 una biblioteca infinita que se parece a Internet pero, sobre todo, supo que se lee de dos maneras, vertical y horizontal: de manera lineal, tomados por la intriga, o de manera metonímica, hipervinculando el mar de citas y alusiones: así leemos hoy en las pantallas. Sus textos venían con un manual de instrucciones para ser leídos: practicó la self-deprecation, la autoinmolación, como nadie, para lanzar un experimento controlado de interpretaciones. No escribió un solo libro como tal, sino que iba publicando en diarios y revistas textos que luego agrupaba, pero en algún momento entendió que, a imitación de la Biblia o Las mil y una noches, estaba escribiendo un solo libro abierto, de múltiples entradas y salidas, un libro de arena, que no empieza ni termina, un libro que alude, diría él, al infinito: sus obras completas también se parecen a Internet. Ejerció la inteligencia artesanal: los textos leídos una y otra vez, raspados, repetidos, no son seres quietos: están vivos, producen sentidos nuevos, toqueteados por el arte lento y rudimentario de la lectura.
Era un estoico: en sus fallas encontró la marca del estilo más reconocible del siglo XX. Su pereza y su ceguera en aumento lo hicieron darse cuenta de que lo que lo iba a convertir en un escritor único era, paradójicamente, copiarse y resumir textos ajenos.
El joven Borges, extranjero, recién llegado de un extraño episodio de homeschooling en la Europa de la guerra y las vanguardias (un exitoso experimento pedagógico en el que el padre se gastó las últimas hectáreas) a una Buenos Aires irreconocible para él, convertida en una metrópolis repleta de extranjeros, caminó esa ciudad siniestra y familiar en busca de epifanías y autorización. Todavía vidente, tanteó a ciegas lo que vendría, en los años ’20 y ’30, en poemas solemnes y ensayos vagarosos. Cometió todos los errores posibles para darle de comer al arrepentimiento futuro: fingió ser callejero, reo, nacionalista e yrigoyenista. Pero descubrió en 1928 un mito duradero: una esquina rosada que fue a la vez el hallazgo de su mitología de Buenos Aires y el primer tanteo en la literatura fantástica: un viaje flashero al pasado. Tardó ocho años (y el desplazamiento del verso al ensayo y del ensayo a la narración) en escribir su primer cuento, “Hombre de la esquina rosada”, en el que inventó el policial de narrador oblicuo y lo situó en Floresta. Hizo un cameo como personaje: era un hombre que transcribía la narración oral de un viejo matón; era, como Homero, el que producía el pasaje de la oralidad a la escritura.
Ya estaba listo para zarpar. Faltaba un accidente mortal y la muerte de su padre: ocurrieron. Desde 1938 a 1953, entró en un raid que lo llevó a una literatura hiperescrita, a 33 cuentos comprimidos que son dinamita, donde cada palabra, frase o escena parece tener un significado nuevo cada vez que uno lo vuelve a leer. “El Aleph” es Borges caminando por una Nueve de Julio en estado de demolición; en “El sur” Juan Dahlmann no llega a una pulpería, sino a su propia estancia, que ha sido tomada por el capataz y los peones; como los reconoce, lo matan; en una de sus clásicas manipulaciones, para ocultar las huellas del hecho de que se inspiró para esto en “Casa tomada”, el primer cuento de Cortázar, al que él mismo publicó en una revista, más adelante incluyó “El sur”, ese cuento de 1953, en Ficciones, un libro de 1944. En “El inmortal” atiende con magnífica ironía a Ernesto Sábato: no contento con antagonizar a sus antecesores, empieza a decapitar a sus sucesores. Por esa época escribe también, en el prólogo a La invención de Morel (un libro de su amigo Bioy que no pareció interesarle demasiado), el programa de la literatura latinoamericana por venir.
En el ’55, la Revolución Libertadora dio el golpe, Borges se quedó ciego y Lonardi lo nombró director de la Biblioteca Nacional. Era el segundo ciego al mando de la biblioteca: el otro había sido el francés Paul Groussac. La coincidencia le dio a Borges uno de sus poemas más emocionantes, el “Poema de los dones”, símbolo de esta nueva etapa, la de su madurez y vejez, en la que cultivará la poesía, la pasión por Islandia y una escritura más sencilla. También, se permitirá ser más piadoso consigo mismo, recreando en un cuento bellísimo (“La noche de los dones”) su traumática iniciación sexual, fuente en su etapa anterior de tantos cuentos inspirados en la soledad y el vacío existencial. La vejez, además, le traerá la fama y la condición de hábil declarante, que lo hará llenar teatros y pasearse por las universidades del mundo. En 1961 salió por primera vez en casi 40 años del Cono Sur. Cuando por fin logró volver a dictar cuentos (ya no a escribirlos), logró piezas sublimes (“La intrusa” o “Historia de Rosendo Juárez”, otra versión de La Odisea) que cerraron con exactitud extraterrena el círculo de su vida y su obra. Siempre le había inquietado el nombre impronunciable de Dios, y en esta etapa se permite también la expresión de sus búsquedas espirituales, nunca obvias ni exentas de misterio. Tuvo una muerte y un entierro en Ginebra que terminó de darle circularidad y mítica al asunto.
¿Borges fue un escritor para escritores? ¿Fue divino o popular? Fue divino, sin duda, un dotado. Fue bastante popular en los ’70, cuando salía en la tapa de la revista Gente. En los años ’80, poco antes de morir, dejó de ser un escritor decadente y exótico, gorila y golpista imitado en el suplemento literario de La Nación, y las carreras de Letras y la propia literatura argentina de la democracia naciente fueron recreadas a su imagen y semejanza. En esas décadas, lo más valorado por la crítica que lo llevó a la cima fueron los cuentos de Ficciones y El Aleph. En los últimos 15 años, en cambio, pasaron dos cosas: el consenso acerca del valor de su obra se extendió enormemente, y por otro lado se empezó a rescatar la última etapa de su carrera, la etapa dictada. Los estudios de crítica genética, las investigaciones que reconstruyen sus clases y conferencias, su obra apta para aforismos tuiteros y reels de Instagram y los videos de sus charlas en YouTube rescatan al Borges ya viejo, famoso, icónico, pillo, sabio y sentimental. Su valoración en el mundo es unánime: de Mick Jagger a Javier Cercas, de Julian Barnes e Christopher Nolan, la dispersa secta de los borgeanos solitarios parece tener un crecimiento sostenido. La cantidad de libros con el título “Borges y” va en aumento. La codiciosa no reedición del Borges increíble de su amigo Bioy, que con amor recopiló cada una de las conversaciones que tuvieron, contribuyó también al mito. Como en “Tlön Uqbar Orbis Tertius”, el cuento en el que el mundo se va convirtiendo en el mundo imaginado por los autores de una enciclopedia, la obra contagiosa de Borges sigue abierta al data mining fértil de las interpretaciones y las recreaciones. Es ella misma un aleph a escala que cuenta con ingenio y generosidad la historia completa de la cultura humana.
- Imagen destacada, 40 margaritas doradas publicada por el portal Columna Digital
- Fuente: Seúl Revista


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