Opinión Política

China y el mundo se mueven a velocidad deslumbrante. ¿Argentina podrá?

Es el planteo hecho por el exfuncionario macrista Guillermo Dietrich, tras visitar China con la cabeza otra vez "volada" por la velocidad de los cambios que constató. Ilustró con otros casos de Europa y EEUU. El desafío para la Argentina.

Por Guillermo Dietrich (Revista Seúl)

Volví hace poco de China y en todo el viaje no pude dejar de pensar en Argentina. Había estado tres veces, la última en 2017. Nueve años después, el país que encontré no es el mismo. La primera vez me voló la cabeza el desarrollo. Esta vez me la voló de nuevo, pero por otra cosa: la velocidad del cambio.

China era un país de motos. Millones de motos, un ruido tremendo en cada esquina. Hoy estás en una ciudad de 20 millones de habitantes y escuchás los pájaros. Las motos son eléctricas, todas, debe haber una a combustión cada mil. Parecido con los autos, de los cuales más de la mitad ya son eléctricos o híbridos enchufables. Es el mercado más grande del mundo, 30 millones de unidades vendidas por año y la calle se divide entre patentes verdes (ecológicos) y patentes azules (tradicionales). La mitad, o más, son verdes.

Fui al Auto Show de Beijing y vi autos que se abren no con una manija sino cuando te acercás. Te subís, apretás el freno, el auto arranca, la puerta se cierra sola. Vi autos sin espejo retrovisor, reemplazado por una cámara y una pantalla. Autos que se estacionan solos: los dejás en la puerta del shopping, ellos buscan el lugar en el parking y se estacionan solos mientras vos te tomás un café. Cuando te querés ir, le avisás con el celular y te busca por donde te dejó. Y después está lo que todavía suena más a ciencia ficción, los eVTOL, vehículos que despegan verticalmente y vuelan, presentados ahí mismo, en una feria de autos. Una feria de autos con vehículos que vuelan: la calle ya no es solo la calle.

Hay un dato que me parece más revelador que cualquier tecnología. La última vez que había estado en China, los autos que reconocía eran occidentales. Marcas de toda la vida. Hoy prácticamente los únicos autos que reconozco son los más viejos, los que tienen cinco, seis, diez años, que son de las marcas occidentales. Los nuevos son prácticamente todas marcas chinas, mayoritariamente eléctricos, casi no reconozco ninguno.

Caminé por Shenzhen, que en los ’80 era una aldea de pescadores y hoy es una ciudad de 20 millones cuyo centro parece Manhattan, Tokio o Singapur. Todo este cambio en 45 años: una generación. La infraestructura que vi no se puede explicar con palabras: autopistas, puertos, trenes que andan a 350 kilómetros por hora. China está todo el tiempo construyendo. Un sistema que avanza, avanza y avanza.

La nota editada por Revista Seúl

“Eso es China, es otro planeta, allá puede pasar cualquier cosa”, me dijeron mucho en estos días. “Acá jamás va a suceder”. No es así. Comparto datos de un mundo que nos queda más cerca: Waymo, la empresa de autos autónomos de Google, ya ofrece 500.000 viajes pagos por semana en diez ciudades de Estados Unidos. Hace dos años eran 50.000: se multiplicaron por diez. Son autos sin nadie al volante, que el pasajero pide desde una app y circulan solos por Phoenix, San Francisco, Los Ángeles, Austin. Los datos de seguridad muestran, además, que un conductor humano tiene cinco veces más probabilidades de verse involucrado en un accidente con lesionados que uno de estos autos.

En Europa, que la venía mirando de afuera, acaba de pasar algo que ilustra perfecto cómo funciona esto. La semana pasada Tesla habilitó su sistema de conducción autónoma supervisada en Lituania, un país de menos de tres millones de habitantes, que se convirtió en el segundo de Europa en aprobarlo después de Holanda. Lituania no esperó ni se burocratizó: reconoció la aprobación holandesa en lugar de hacer su propio testeo y se adelantó a Francia, Italia y Alemania, que todavía no se movieron. Un país chico pasó por encima a las grandes potencias europeas. ¿Por qué? Porque decidió no quedarse atrás. Esa es toda la diferencia. No el tamaño ni la riqueza: la decisión.

Para que nadie piense que esto es cosa de europeos o norteamericanos, miremos al lado nuestro. El Instituto Tecnológico de Monterrey (Tec) desarrolló el primer vehículo autónomo de uso público de América Latina, y apuntan a tenerlo funcionandoen estas semanas, con el Mundial como vidriera. Se espera que Monterrey sea la primera “ciudad autónoma” de la región hacia inicios del año que viene. No es China es México. Y mientras tanto, analistas estiman que los robotaxis pasarán de unos pocos millones de viajes hoy a más de 1.000 millones antes de 2030.

Estamos frente a un cambio que trasciende al auto. Porque estos vehículos ya son, además, otras cosas: centros de entretenimiento, de trabajo, de descanso. Le ponés un cable y enchufás una pava eléctrica, un equipo de audio, eventualmente tu casa, como si fuera un grupo electrógeno. Y van a ser cada vez más autónomos, hasta que un día nos subamos, les digamos a dónde vamos y nos lleven solos. Me detengo a pensar acá: ¿qué ciudades estamos pensando para esta nueva realidad? ¿Cómo se redefinen el espacio público, las avenidas, los estacionamientos, los parques?

Una conclusión de mi viaje a China fue la sensación de que el mundo se mueve a esta velocidad y nosotros seguimos discutiendo las mismas cosas que hace 30 años. Si la próxima década va a traer un cambio radical, y lo va a traer, no podemos seguir teniendo los debates de siempre. Los gobiernos son aparatos que se mueven despacio y ven estas transformaciones desde atrás, en lugar de impulsarlas. Y cuando la curva del cambio se hace empinada, como creo que está pasando, el que está atrás no se queda en el mismo lugar sino que queda cada vez más lejos. Repensar las ciudades, la energía, la forma de gobernar, no es un lujo de país rico. Es una condición necesaria. Lituania lo entendió. Monterrey lo entendió. La pregunta es cuándo lo vamos a entender nosotros.

La tecnología hoy penetra rapidísimo. Lo que en otra época tardaba décadas en llegar, ahora llega en pocos años. Lo acabamos de ver con Waymo, multiplicándose por diez en dos años, lo vamos a ver con XPENG con su EVTol Aero HT, que estará volando en 200 localidades chinas en pocos meses, o con los primeros autos eléctricos que se estacionan solos. Y cuando llega el cambio con la tecnología, baja de precio, se hace masiva y deja de ser privilegio. Lo vimos con el celular, lo vimos con Internet, lo vimos con las low cost, lo vamos a ver con la movilidad eléctrica. Estos cambios vienen para todos.

La movilidad, la generación de energía, el trabajo: todo va a cambiar radicalmente y hay que anticiparse y repensar, mirar con detenimiento. Resolver los problemas presentes, pero sin dejar de mirar al futuro, que ya es hoy, no mañana. Para Argentina el desafío es todavía más grande, porque cargamos una costumbre peligrosa: creer que estas cosas pasan lejos y tardan en llegar. Esa es la trampa. Estos cambios no nos van a pedir permiso. Van a suceder, queramos o no. La pregunta no es si llegan. La pregunta es si llegamos nosotros a tiempo para ser parte de la transformación o si la vamos a mirar pasar, otra vez, y dejar que nos pase por arriba en unos años sin habernos preparado.

Elijo lo primero. Argentina tiene con qué. Tiene la energía que estas industrias necesitan, tiene los minerales, tiene gente que trabaja y que aprende. Lo que vi en China no me deprimió, me entusiasmó. Volví convencido de que el salto es posible. Pero hay que decidirse a darlo, con los pies en la tierra y la cabeza puesta en lo que viene. El futuro no se discute: se construye. O se pierde.

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