Cierta vez le escuché decir a Roberto Perfumo (a mi juicio el mejor central derecho en la historia del fútbol argentino) que él prefería vivir con las botas puestas antes que morir con las botas puestas. La consigna del Mariscal Perfumo volvió a mi mente durante el partido Argentina-Egipto. En la última pausa publicitaria (llamarla “de hidratación” es adaptarse a los turbios negocios de la FIFA que vacían el alma del fútbol) los jugadores argentinos se juramentaron a “vivir con la nuestra” en lugar de morir con ella, como reza la vieja consigna futbolera criolla. Eligieron vivir coronados de gloria en lugar de con gloria morir.
Hasta ahí el equipo había jugado un partido flojo, en el que no encontraba la llave para abrir el enmarañado cerrojo egipcio. Estaba en crisis. Se dice que crisis es oportunidad. No lo es por sí misma. Es responsabilidad de quien la vive convertirla en oportunidad. Es una decisión y una elección. Es lo que Víktor Frankl llamaba el valor de la actitud. No pedir ayuda mágica y externa, ni al destino, ni al azar ni a los dioses. No quejarse de la suerte.
Desenvainar los propios recursos, sean muchos o pocos. Algunos conocidos y otros ignorados hasta entonces. Es el ejercicio de lo que el mismo Frankl llamaba la libertad última, la que nadie nos puede confiscar. Una libertad interna que impulsa la decisión y la actitud. No preguntarle a la vida qué hacer. Responderle a la vida, que nos está planteando una pregunta con la situación que nos presenta.
El futbol es siempre un extraordinario drama en el que durante 90 minutos hay tragedia, comedia, epifanías, egoísmo, generosidad, altruismo, creatividad, engaño (la gambeta es un hermoso engaño), justicia, injusticia, logro, pérdida. Siempre hay una trama, es necesario seguirla y entenderla. Se lo puede mirar con prejuicio o se puede obtener de él lecciones y reflexiones para la vida personal, laboral, familiar, ciudadana. Entrar a la cancha o quedarse en la tribuna, ajeno a esa maravilla


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