Filosofía Literatura

La disputa de las soledades

Somos seres sociales. ¿Pero cuántas veces hemos vivido en soledad? ¿Qué sabemos de ésta? ¿Por qué, a pesar de sus ausencias, vuelve a aparecer?

Somos seres sociales. ¿Pero cuántas veces hemos vivido en soledad? ¿Qué sabemos de ésta? ¿Por qué, a pesar de la ausencia de su respiro durante un tiempo, vuelve a aparecer?

Tenemos dos importantes ejes sobre el asunto en cuestión. Hay quienes viven con una soledad existencial, que es la que se encarga de preguntarle a cada individuo por qué y para qué se encuentra en este mundo. La otra, la soledad social, trata de liberar a cada ser de los humanos más próximos, para así enfocarlo en una plenitud individual, aquella que se consigue estando solo.

Imaginemos a un individuo tomando café en un bar ficticio llamado “La Plaza”. Con su cuchara, revuelve el azúcar que acaba de introducir en el líquido. Solitario, piensa: ¿cuánto tiempo me quedará de vida? ¿alguien reconocerá mis esfuerzos y desafíos superados durante mis décadas de existencia? ¿La soledad dejará de acompañarme en el futuro?

A esto lo podemos llamar “soledad existencial”. Un revuelo de preguntas que surgen del más genuino interés del sujeto por saber lo que pasará con su propia humanidad. Este ser tiene nombre y apellido. Somos nosotros. Es que en qué nos convertiríamos si dejáramos de preguntarnos, ya sea una vez cada veinte o treinta años, o cada dos horas, sobre nuestra esencia, que es el enigma de la vida?

¿La vida es un enigma? Esta pregunta tiene tantas respuestas como humanos en este planeta. Por lo pronto, uno puede decir que la vida es lo que somos, por lo que, como en toda herencia con un único sucesor, nos toca lo mejor y lo peor del pastel. Tanto el latir de nuestro corazón y el aire que entra en nuestros pulmones como el enigma son intransferibles en esta sucesión.

Ahora pensemos en una mujer que, sentada frente a la computadora de su casa, trabaja en su última obra, “Las maravillas de Roberto y sus amigos”. Ese es el libro que pronto publicará y se convertirá en best seller, causándole éxito y múltiples compañías con las cuales experimentará la magia de la socialización. Pero mientras tanto, está sola.

Sin embargo, esta muchacha que vive su soledad social, lejos de persona alguna, crea con una intensa voracidad. Lo hace gracias a las emociones (y por ende interacciones humanas) que su vida le ha propiciado.

Pero pensemos en cualquier otro u otra. Alguien que se encuentra arriba de una bicicleta fija, un joven que estudia químicos en un laboratorio o un adulto trabajando en solitario. Todos están solos, pero no dramatizan la vida de la misma forma que el hombre sentado en el bar.

¿Es algo malo ser dramático? Depende de la opinión de cada uno. Mientras tanto, podemos decir que cuando ninguna de estas dos soledades han ganado un terreno sólido, se encuentran en plena disputa. Porque así como el ser humano no fue alguien para vivir solo, la soledad tampoco.

Periodista y escritor, fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad. Actualmente estudia abogacía en la Universidad de Buenos Aires y dirige el medio.

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