Literatura Periodismo

El Baroja periodista "invita a descender al infierno del suburbio"

El escritor español, autor de "La busca", desarrolló en artículos periodísticos, una idea de que la ciudad no es verdaderamente atractiva si no conserva rincones decrépitos.

Por Javier Blánquez (El Mundo)

El español Pío Baroja (1972-1956) periodista tuvo un don especial para saber dónde meterse y observar lo que nadie más veía en la periferia moral de su tiempo, un espacio tan físico como psicológico que una nueva antología de textos breves que acaba de publicar la editorial La Felguera identifica como Las calles siniestras. Estas calles siniestras están llenas de golfos, mendigos, prostíbulos y los últimos especímenes de oficios en desuso y en vías de desaparición como los maragatos, los carboneros y los aguadores.

De ello daba cuenta Baroja al volver de sus paseos que, unas veces eran plácidos y nemorosos en el parque del Retiro, pero que otras veces le llevaban hasta los márgenes del río Manzanares -que, al sur de Madrid, era un canal sucio que transportaba basuras, fetos arrojados y animales muertos, en sus propias palabras- o a la calle de las Peñuelas a tiro de piedra de la plaza de Embajadores, y que a principios del siglo XX abundaba en lupanares inmundos, baratos y con chinches en el colchón. Su tratamiento se contraponía al de la bohemia de la época; en vez de glorificar la miseria en aras de un heroísmo artístico a la manera de un Armando Buscarini o un Alejandro Sawa -y también en la esquina opuesta a la caricatura valleinclanesca-, Baroja recorría las calles, tomaba nota de fragmentos de vida en la tradición del naturalismo, y dejaba por escrito observaciones frías como “las afueras me preocupaban entonces mucho. Había por allí gente rara, miserable, desarrapada; casuchas de lata y chozas de tierra; merenderos, ventorros, casillas de Consumos; tipos degenerados, de aire mongoloide y una vida oscura y misteriosa” (Gente de las afueras, en Vida pintoresca, 1935).

Las calles siniestras. Antología del eterno paseante tiene un gran valor como miscelánea barojiana porque el trabajo como editor de Servando Rocha -que escribe también un rico prólogo sobre el Baroja que brujuleaba también por los barrios miserables de Londres y París, y un epílogo sobre el último paseo de Baroja en 1955, acompañado por la pintora Palmira Abelló, desde el Retiro hasta la Cuesta de Moyano, donde en la parte alta hay una estatua en su honor- es una suculenta y poco trillada antología de la faceta menos conocida del escritor, y que, sin embargo es esencial para comprender el ambiente de sus novelas.

La Felguera siente predilección como editorial por los anarquistas, los marginales, los raros, los opositores morales al sistema, los criminales por vicio o hambre, y aunque Baroja no participó de esa idea de la contracultura como sí lo hizo la bohemia de su tiempo, sí conoció esos ambientes, los observó y dejó un testimonio que, leído hoy, todavía tiene la capacidad de transportarnos a un Madrid antihigiénico, sombrío, chabolista y en fase de desarrollo. Es la bisagra entre la España antigua y mísera posterior al desastre colonial, y la que intentaba salir del hoyo más tarde y no lo terminaba de conseguir.

La selección de Las calles siniestras se apoya en colecciones raras de artículos como El tablado de arlequín (1904) o Intermedios (1931), además de Vitrina pintoresca y piezas sueltas como Crónica: hampa, que Baroja publicó en diario El Pueblo Vasco el 18 de septiembre de 1903. Hay retratos sobre fauna urbana todavía localizable si se busca bien -aunque con disfraces nuevos- como el vago (“se deja arrastrar por el far niente, al cual no se le puede achacar más que esa pequeña debilidad de perder la afición al trabajo en la flor de la juventud”), el ajusticiador públicoel golfo, el bohemio o el hampón, pasando por el anarquista, el charlatán ambulante y otras variantes del pícaro, el felón o el vivales. Impresiones que Baroja acumuló a lo largo de su vida, que captó en fogonazos no siempre constantes, ni como parte de un estudio sistemático, pero que atraviesan toda su obra literaria y periodística hasta casi el último libro.

Baroja, caminante salvaje de la vida madrileña

Uno de los aspectos más interesantes de la antología Las calles siniestras consiste en descubrir también cómo la curiosidad de Baroja no se limitaba al Madrid miserable de Atocha para abajo, sino que también practicó su brujuleo, o su condición de flâneur de la periferia espantosa, en París -donde relata un cruce fugaz en plena calle con Oscar Wilde, aquel Wilde terminal, borracho, gigantón, “que llevaba periódicos en los bolsillos”-, y sobre todo Londres, a donde fue movido por su apasionada bibliofilia para recorrer las calles famélicas y pintorescas que pueblan las novelas de Charles Dickens, y que le llevó también al barrio miserable de Whitechapel en 1906, también movido por el morbo de saber que fue allí donde muy poco antes había cometido sus asesinatos Jack el Destripador, que aún con el calor de la proximidad temporal se había convertido en un destino turístico para valientes, como hoy lo sería una expedición a Chernóbil.

La tesis más importante que se desprende de estas perlas del Baroja paseante es su idea de que la ciudad no es verdaderamente atractiva -y una ciudad que se digne de ser llamada así- si no conserva esos rincones decrépitos, las callejuelas estrechas y una leve sensación de insalubridad.

“Cosa extraña y curiosa es que el prestigio de las grandes ciudades desciende a medida que se limpian, se hacen higiénicas y van sustituyendo las calles estrechas, tortuosas y siniestras por las avenidas anchas, rectas y limpias”, escribía en 1935, recordando su experiencias londinense y parisina. “El romanticismo y la bohemia nacieron y se desarrollaron en callejuelas y lugares oscuros. El aire libre y el sol los han ido ahuyentando, desterrando. Nunca París y Londres tuvieron tanta sugestión para la juventud como cuando eran pueblos oscuros, laberínticos y sucios; cuando tenían fama de monstruos”.

Y termina defendiendo la subsistencia de esa parte sórdida de la ciudad sin la cual, el forastero en Madrid, Londres o Barcelona “comprende que no le va a pasar nada más extraordinario que en su pueblo” y “encuentra que vivir en una ciudad grande no es una ventaja”, de modo que “algunas ciudades tienden otra vez a dar carácter misterioso a sus barrios, como hace Barcelona con ese Barrio Chino que hace poco ha inventado“. Hay un plano horrendo superpuesto a la ciudad limpia y moderna, y se puede visitar con audacia y voluntad. Para bajar sólo hay que darle la mano a Baroja, un nuevo Virgilio que nos invita a descender al infierno del suburbio, el barrio del lumpen, los tugurios y la esquina del callejón tras la que se esconde el monstruo.

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