Filosofía Sociedad

La mafia, una forma de ser

¿Cómo es que se relacionan los Estados, la violencia y la meta de las sociedades para lograr un orden social pacífico?

Ya pasaron los tiempos en que hombres con sombreros, trajes impecables y pistolas en sus caderas, se paseaban por las ciudades donde se padecía al crimen organizado. Hoy los vemos bien retratados en películas como El Padrino, y un poco menos formales en innovadoras creaciones como El Irlandés. Claro está, estos muchachos siguen estando, solamente que se visten distinto.

En la actualidad coexistimos con el mundo de la ilegalidad, donde el narcotráfico, la trata de personas, el tráfico de armas y la corrupción golpean de lleno al norte que toda civilización sana y organizada se propone: la libertad en un país con normas claras.

El tema está en que los individuos no son tan claros como el papel de las leyes. Tendemos a ir en contra de nuestras leyes naturales. Por esta simple razón es que surge la necesidad de crear leyes positivas, normativas, que reflejen el fin de nuestra naturaleza: vivir en armonía y en paz.

Quizá el problema parte de este error. ¿Queremos lus humanus vivir en armonía y en paz? Autores como Thomas Hobbes y Maquiavelo tienen una visión pesimista del Ser. Somos egoístas. Y es así que, para salir del estado de violencia en el que nos encontramos, debemos reunirnos en comunidades políticas que otorguen el poder a un individuo (en el caso del absolutismo hobbesiano) o a distintos poderes que de alguna manera se controlen entre sí y limiten cualquier intento de apropiación del poder por parte de una persona (podemos poner como ejemplo a la monarquía parlamentaria que pregonaba uno de los padres del liberalismo, John Locke).

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La paz

Entregamos el poder a los políticos. Ellos son los administradores de la violencia. Se elimina por siempre la acción violenta por parte de los particulares para concedérsela a un Estado que almacena en su interior grandes maquinarias. Entre ellas, la de la burocracia (el cuerpo permanente de trabajadores que cumplen con los objetivos administrativos), un ejército único y oficial, la centralización de la recolección de impuestos, y por sobre todo, el monopolio de la violencia física.

Es decir que, aquellos gangster que nos muestran las películas, que han construido sus grandilocuentes imperios bajo la ilegalidad y el temor, son individuos que no quieren conceder una de las características del humano: la capacidad de ejercer violencia, en este caso, para un beneficio personal.

Pero si los Estados son los únicos autorizados en ejercer la violencia, ¿puede decirse que son mafias encubiertas que fueron aceptadas con el pretexto de que sin orden los humanos no podemos convivir? Polémico, pero cuando vemos que las fuerzas de seguridad reprimen y no obedecen al pueblo, sino que a intereses del momento y sumamente políticos, ¿de qué Estado podemos estar hablando más que de uno mafioso?

¿Es que el poder no trata de eso? ¿De ver quién se impone frente a quién?

Aún no llegamos a conocer sistemas políticos donde todos los individuos estén conformes con el modo en que se toman las decisiones. Por eso es que aparece la ilegalidad, la cual no puede justificarse de ningún modo.

Hoy reina un sistema demo-representativo, donde el pueblo no delibera ni gobierna sino que a través de sus representantes. Pero al mismo tiempo nos quejamos porque no nos sentimos representados. ¿En qué tipo de democracia vivimos entonces?

Quizá en el futuro podamos ser nuestros propios gobernantes a través de consensos logrados mediante una aplicación en nuestro celular donde cada uno y una pueda participar. Así, podremos sentirnos un poco más dueños de nuestra naturaleza. De aquella que abandonamos para suscribir al famoso contrato social.

¿Son nuestros Estados mafiosos? No. Solo son dueños de lo que nosotros legalmente no podemos ejercer. La violencia. ¿Pero cuántos de nosotros siguen las leyes? No hace falta más que ver algunas películas para darse cuenta que hay varios disconformes con la forma en que se reparte el poder en la sociedad.

Escritor, fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad. Actualmente estudia abogacía en la Universidad de Buenos Aires y dirige el medio.

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