Opinión Política

Telaraña institucional

Como en el bosque, donde pululan las arañas, el Congreso se apresta a tratar el acuerdo con el FMI que, para Nancy Pazos, "es esto o nada". El triunfo - parcial - de los halcones macristas y los aires emancipadores de Alberto.

Por Nancy Pazos (Infobae)

El acuerdo con el FMI fue el broche a la emancipación de Alberto Fernández. El abandono del recinto del PRO, la confirmación de que Mauricio Macri sigue siendo el jefe de la oposición. ¿Cristina? En repliegue estratégico. ¿El radicalismo? El gran ganador político de la semana.

Después de varios intentos en privado, Sergio Massa terminó pidiéndolo en público. “Hay que reeditar una mesa política en el Frente de Todos”, dijo a mediados de febrero. El jefe de la Cámara de Diputados está convencido de que es la única manera que tiene el Gobierno de llegar con chances a la elección del 2023.

Su deseo está hoy más lejos que nunca de concretarse. Alberto Fernández parece haber encontrado finalmente en Washington la llave para terminar de emanciparse de Cristina Fernández de Kirchner. El acuerdo con el FMI fue una apuesta personal e inconsulta. Cristina, Massa y Máximo – sus, hasta ahora, socios en el poder-, recibieron los detalles técnicos que condicionan el porvenir político, como paquete cerrado el viernes al mediodía. Al mismo tiempo que lo recibía la oposición.

En la madrugada del próximo viernes, los diputados votarán (NR: votarían) por autorizar o no a Martín Guzmán a firmar el nuevo acuerdo de Facilidades Extendidas con el FMI que implicará, entre otras cosas, dar explicaciones trimestrales sobre las cuentas públicas del país.

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Ese día la realidad terminará dividiendo aguas en las dos coaliciones políticas argentinas que disputan el poder en las últimas décadas. El nuevo acuerdo transparentará en el recinto las diferencias internas tanto en el oficialismo como en la oposición. Ni el Frente de Todos ni Juntos por el Cambio votarán unificados. La mayor contribución que hará Máximo a la gobernabilidad será abstenerse. Si bien desde su renuncia optó por el silencio, los videos emitidos por La Cámpora en los últimos días dejaron en claro su postura. Además dejar la jefatura de bloque para terminar votando el acuerdo por el que renunció hace poco más de un mes sería tan confuso como suicida.

Máximo está convencido de que la letra chica del acuerdo va en contra del pacto electoral con el que se comprometieron en el 2019. Y que el ajuste que implica lo terminarán pagando nuevamente los más pobres.

Al estilo Lilita Carrió, apuesta a que en un futuro – si sus premoniciones son correctas -, le reconozcan, al menos, haber hecho la advertencia. Hay que aceptarle cierta originalidad en su estilo. Hasta ahora los renunciantes al poder, estilo Chacho Álvarez, se terminaban yendo a su casa. Él sigue en su despacho del Congreso y en el mismo bloque. Un camino de cornisa que deberá apurarse a explicarle sobre todo a su propio electorado que mira sin entender.

En la otra punta del recinto la unanimidad de criterio también brilla por su ausencia. Y tuvo su muestra gratis el martes en la Asamblea Legislativa. El radicalismo y la Coalición Cívica quedándose en el recinto y el PRO huyendo en masa ante la “ofensa” presidencial. Jugada preparada que tuvo como autor a Mauricio Macri quien accionó la bomba desde los Abrojos a puros whatsapps personalizados hacia el celular de cada legislador.

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El resultado quedó a la luz. Un Horacio Rodríguez Larreta atrapado en la telaraña macrista sin poder diferenciarse y, lo que es peor para su proyecto personal, volviendo a ser conducido por su jefe.

El que claramente presentó batalla y resistencia fue el flamante Presidente de la UCR Gerardo Morales. Macri había convocado una reunión con economistas para analizar el tema FMI y de ahí vía Martín Lousteau trascendió la idea de generar la estampida del recinto ante la primer excusa que diera en su discurso el Presidente. El jujeño no usó el WhatsApp. Levantó el teléfono para ordenar su tropa y evitar que el radicalismo se sumara al “papelón institucional” (sic).

El mensaje no le llegó muy claro al cordobés Rodrigo De Loredo quien se levantó y finalmente volvió a sentarse. Y menos al riojano Julio Martínez, ex ministro de Macri, quien se fue con los del PRO y cuando se dio cuenta de que sus correligionarios se habían quedado en el recinto prefirió terminar escuchando parado el resto del discurso de Fernández detrás de las cortinas del Salón de los Pasos Perdidos como los suyos.

Esta tarde, la mesa nacional de Juntos se reunirá para intentar ponerse de acuerdo en una postura conjunta. Todo parece indicar que, de no mediar un milagro, volverán a tener posiciones distintas. Macri pretende que voten en contra. La coalición y el radicalismo no quieren entorpecer el acuerdo con el Fondo alegando que no quieren ser responsables de llevar al país al default. Los larretistas, por lo bajo, coinciden. Es más. Hubo varios arrepentidos por la estampida en el recinto. Pero hoy por hoy los halcones mandan y las palomas acatan.

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La encrucijada entre Alberto y Cristina

Presentada como socia del silencio, en una nota titulada «Por qué Cristina no puede hablar», en medio del tironeo con el FMI y la discusión parlamentaria, Diego Genoud proyecta la suerte de la coalición peronista y la interna para 2023.

Los economistas del PRO creen tan inviable el acuerdo como lo ve Máximo, pero por las razones contrarias. Insólito pero real: corren por derecha al FMI reclamándoles que no hayan exigido reformas estructurales para salir del endeudamiento.

Está claro que el segundo tiempo que planea jugar Macri será al todo o nada. Mientras la lectura generalizada de la clase política es que la gente lo terminó castigando por el ajuste brutal de las tarifas públicas, entre otras cosas, él está convencido de que fue su moderación lo que lo llevó al fracaso.

Que el FMI le exigiera a la Argentina cambios en las leyes laborales y de jubilación, por ejemplo, implicaría —en su lógica— que el gobierno peronista terminará haciendo obligado el trabajo “sucio” que él nunca logró encauzar en su gestión.

Es que lo que pase en el Congreso esta semana y sus respectivos discursos van a ser la plataforma de lanzamiento de la elección presidencial del próximo año. Los combatientes se preparan para sus respectivas internas. Y con esa lupa hay que mirar las distintas jugadas.

Alberto siente que le quedan 20 meses para demostrar que se emancipó definitivamente de ella pero no de su electorado. Por eso el afán por endulzar los oídos del votante kirchnerista. Guzmán sorprendió apareciendo en los medios más afines históricamente a los K, en los mismos lugares donde Máximo fue casi más criticado que en los medios filo macristas por su renuncia.

Cristina parece atrapada en una lógica maquiavélica que ella misma generó. Hizo presidente a Fernández pero a pesar de las apariencias nunca logró que gobernara a su imagen y semejanza. Al menos es lo que ella y La Cámpora sienten. La discusión final de Máximo y Alberto apuntó exactamente ahí.

Máximo le reprochó el destrato y la inoperancia del Gobierno. No sólo no se pusieron de acuerdo. Alberto osó aconsejar a Máximo que trate de diferenciarse de la Cámpora porque la mala imagen de la agrupación le ponía limite a su futuro como dirigente.

Fue el quiebre. Ya estaba lo suficientemente claro que vivían en realidades paralelas. Por eso Massa pretende reflotar la mesa política de la campaña del 19. Hoy el Frente de Todos no es de nadie. Y menos el Gobierno del que nadie quiere hacerse cargo.

Pero Alberto parece haberle tomado el gustito a mandar a su manera. Que es dejando las cosas para más adelante. Hasta que llega el momento límite. Y ganan las circunstancias.

Como con el acuerdo con el FMI. Cerrado tan contra las cuerdas que no hay opción. Es esto o nada.

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