Cuento Literatura

Vuelta a Argenguay

En esta segunda parte de "El heredero escondido", vemos los inicios de Nicolás en política pero al mismo tiempo su lejanía con el poder, y un encuentro que promete traerle amor a su vida.

Esta es la segunda parte del cuento «El heredero escondido«

Ser rey es desafiante. Gobernar a un pueblo puede llevar más de un día de estrés. A algunos se les llevó la vida entera. Nicolás, gracias a la revolución, jamás expermientó la carga de la realeza y los protocolos innegociables. Él fue un ser libre como quien nace en cualquier rincón del mundo donde no existen asesores de imagen y aconsejadores seriales que guían algo que creen tener pero que en realidad escapa de sus manos. Porque el poder soberano no es de nadie más que de la Nación, dirían las repúblicas a finales del siglo XVIII. Es decir, el pueblo manda. Y Nicolás mandaba a la distancia, esa distancia que a veces provoca desesperación por no estar tan embadurnada de participación activa.

Argenguay no era un país que rompiera con la regla. Había un gobierno eficiente para los mandados básicos, pero incapaz al momento de resolver los problemas de fondo. Las personas se daban cuenta de esto pero seguían votando a los candidatos equivocados. No por tontos, sino porque el mesías aun no había llegado. El honesto y seguro de sí mismo que delegase a un equipo confiable y hermético las multitareas del gobierno seguía perdido entre la multitud. ¿Sería Nicolás el individuo al que tanto buscaban?

Luego de su viaje por Asram, Nicolás había vuelto recargado. Se sentía feliz por haber caminado por la tierra de sus padres, los últimos cabecillas de la dinastía Zanmindi. Por supuesto que él no se había creído la historia del «heredero escondido». Era lo suficientemente grande como para andar con tales fantasías. Su etapa de adolescente esquiador de nubes y domador de sueños se había terminado. Ahora debía preocuparse por no equivocarse en los números que tecleaba en la computadora de su oficina.

Sin hijos, el hombre adulto nunca pensó en meterse en política, hasta que le llegó un mensaje al celular. «Te estamos buscando». Era un joven que se hacía llamar Pedro y que estaba juntando firmas para crear un nuevo partido, «La Socialista de los Guay». A su sequito le parecía un nombre un poco largo y poco serio, pero tenía algo de pegadizo y encantador que finalmente se terminó quedando. Hasta se hacían llamar «los guaycitos». Por supuesto, sus ideas eran de izquierda, con miras en una reforma profunda del aparato estatal.

Nicolás asistió a su primera reunión, entendiendo que consiguieron su número porque un compañero de la compañía de seguros en la que trabajaba era parte del futuro partido. La bienvenida fue amable pero con cierta lejanía. El poseedor de sangre asramesa no se dejaba influenciar tan facilmente. Quizá, sin saberlo, esto lo había herededado de alguno de sus antepasados.

Argenguay se debatía en una elección de medio término y «La Socialista» llegó a obtener el 5% de los votos a nivel nacional, resultado sumamente envidiable considerando el surgimiento reciente de la fuerza. Nicolás apoyaba desde la tribuna, o mejor dicho, desde la tribunita. Le prendía cierta chispa en medio de las semanas y los meses de trabajo, cansancio y cotidianeidad.

En un día de oficina cualquiera se apareció una clienta que llamó la atención de Nicolás. Esta mujer, joven y coqueta, requería de un seguro para su auto de alta gama. Llevaba puesta ropa de diseñador y unos lentes negros que le cerraban a la perfección esa imagen de lujo que emanaba.

Al sentarse, del otro lado del escritorio estaba el hombre adulto que, una vez más, se dejaba sorprender por una maravilla que irrumpe en la vida cotidiana. Esta vez no era la política ni nada proveniente del mundo de las ideas. Era una mujer bella que desde un principio dejó notar que estaba soltera.

-¿Cuántos hombres aquí aseguran los autos de mujeres como yo que buscan un seguro para su impaciente potencia de vida? – sacudió Estela, original y algo soberbia. Sin duda era una entrada con estilo, algo a lo que Nicolás no estaba acostumbrado.

-Muchos, pero yo le daré lo necesario en el tiempo más veloz- contestó él.

-Entonces démelo. Estoy con ganas de verlo en acción- respondió quien rondaría los cuarenta y pico de años, cercanos a los 51 años del vendedor. Nicolás se ruborizó demasiado y pareció verse un poco ridículo, logrando Estela su objetivo.

Luego del tramiterío, la charla se extendió y ambos se pasaron sus números para que no hubiera confusiones. Cualquiera de los dos podía llamar al otro, estando así ambos en vilo, deseosos de ese tipo de mensajes que causan calor a la distancia.

Continuará

Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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