Cultura Opinión

Vivir solo cuesta vida, la misa ricotera del Indio Solari, que la dejó a los 77 años

Media hora después de la noticia de la muertre del Indio Solari, la escritora Mariana Enriquez sostuvo que el líder de los ricoteros fue el mejor testigo para contar décadas terribles, a veces triunfales y en general penosas.

Por Mariana Enriquez (Página 12)

Fui criada por los Redondos. Soy de la generación adolescente que cuando recién empezada la secundaria iba a shows en el club Atenas y corría de la policía por calle 13; los chicos que en el Boulevard del Sol se quedaban hasta la madrugada a esperar la visita de Skay o el Indio. Quedaba muy lejos la leyenda de los show para veinticinco personas en el Stud Free Pub y la banda de culto: mis Redondos son de las multitudes y el Indio no era un par: era un planeta regente.

En el ensordecedor gigantismo de la banda, en la furia contra la policía, en el caos de las colas y las batallas, en el éxtasis del pogo, en las banderas, desde el Obras de Bulacio hasta Huracán y Racing, por sobre todo, encima y atravesando ese vendaval, siempre estaba la voz del Indio y sus palabras.

Si tengo que definir la lírica de Solari, algo casi imposible y mucho más mientras escribo esto, media hora después de la noticia de su muerte, diría que es misteriosa y insurreccional. La poética de Solari en la fundación para las masas de los Redondos, la trilogía de Oktubre, Un Baión para el Ojo Idiota y ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado está marcada por Goya, los desastres de la guerra y la alienación, las revoluciones fracasadas, los tipos que huelen a tigre, el humor grotesco, el surrealismo.

La enorme elegancia de Solari en su voz y en sus letras es una absoluta rareza, un estilo clarividente y una frialdad que siempre contrastó con el amor y el desborde de su público. Es decir: la lírica del Indio no se parecía a nada y su figura resultaba inalcanzable. Cualquiera que haya visto a Solari en un escenario se sorprendería ante la hipnosis de ese hombre menudo y calvo, con su voz delgada, los anteojos y un aura mucho más de poeta mal arreado que de estrella de rock.

Pienso en su muerte y recuerdo el primer casete que me compré, Un baión para el ojo idiota. Todo era esotérico, todo era una invitación a la calle y a los libros, a entender, a ingresar en las palabras claves y la belleza enardecida. Las líneas como verdades que nadie había dicho, como incitaciones y melancolía: “Yo voy en trenes, no tengo adónde ir”. “Me voy corriendo a ver que escribe en mi pared la tribu de mi calle”. “El futuro ya llegó”. Yo tenía 14 años cuando compré ese disco. No entendía nada y era maravilloso, era un códice que se amplió con el aterrador Oktubre. El Drácula con tacones. Preso en mi ciudad. Los ojos ciegos bien abiertos. Y que se completó con ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado y el profundo desconcierto de escuchar aquello de «Violencia es mentir» con guitarras marciales, y luego entender a qué se refería, y comprenderlo de una forma visceral, ligada a la historia, a los duelos, al orgullo y al fracaso.

En cada letra del Indio Solari hay una remera y un sermón. Me digo, ahora, viendo las gafas de Solari en todas las fotos, su expresión seria e inescrutable, que esa educación prepotente y sofisticada fue un lujo. Como el de la estrella, como el que es vulgaridad. Fueron décadas terribles, a veces triunfales y en general penosas, y Solari fue el mejor testigo para contarlas, porque era de esos artistas que en la más rasante lucidez eran capaces de definir una época, invitar a una fiesta, hacer llorar y dar miedo. Escucharlo es temor, temblores y euforia. Vivir solo cuesta vida, escribía Solari. Nada menos y nada más.

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