Por Sergio Sinay
El poder no enloquece ni corrompe, sólo pone en evidencia lo que ya estaba en las personas que lo adquieren. Poder, locura y corrupción se expanden peligrosamente por el mundo en este tiempo. En 2008 el distinguido neurólogo inglés David Owen (que fue rector de la Universidad de Liverpool, ministro de Sanidad y ministro de Asuntos Exteriores, y conoce el tema desde adentro) publicó su libro “En el poder y en la enfermedad”, una profunda investigación en la que instaló la denominación Síndrome de Hubris para diagnosticar a los gobernantes que se sienten destinados mesiánicamente a grandes misiones y se muestran omnipotentes, sordos a los consejos y cerrados a las críticas, además de considerar enemigos a quienes desacuerdan con ellos. Según explica Owen, pierden contacto con la realidad, se aíslan progresivamente, desatienden funciones esenciales de la política y exhiben imprudencia, impulsividad y desenfreno.
Hubris era, en la rica y sabia mitología griega, el pecado de soberbia y desmesura que los dioses castigaban en los humanos que pretendían emularlos. Y el castigo era la Némesis, que tomaba diferentes y a menudo insospechadas formas y caminos. Hubris y Némesis no son temas de una antigüedad perecida. Existen hoy, aunque quienes padecen de Hubris se piensan, hasta que les toca, por encima de la Némesis.
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Cuando un gobernante se cree emisario de Dios o de los dioses, y se vanagloria de la misión que estos le asignaron, ignora que le ha sido reservado un destino muy distinto (en realidad opuesto) al que él imagina. Los tiempos de la Némesis son misteriosos pero implacables. Mientras tanto, es aconsejable no confundir la locura de estos gobernantes con sabiduría, conocimiento o genialidad. También la psicosis adopta diferentes maneras y, por desgracia, puede ser masivamente contagiosa.


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