Opinión Sociedad

Las crisis de los 40, 50, 60, o qué carajo queremos de nuestra vida

Para el autor de esta nota, Rubén Chorny, los cambios de década a partir de los 40 años, significan cimbronazos devastadores. El significado de los recuerdos, las compañias, la ilusión de inmortalidad.

Por Rubén Chorny (Especial para Humanidad)

La fantasiosa escritora norteamericana contemporánea, Victoria Schwab, autora del thriller «The Near Witch«, creó un personaje llamado Addie Larue, que entrega su alma al diablo a cambio de la inmortalidad.

No es la clásica transacción, como la del retrato de Dorian Gray, sino que le exige como tributo lo que más precia ella y cualquiera de nosotros: la posibilidad de ser recordada.

Sale en el siglo XVII de su pueblo natal en Francia y durante 300 años bebe mundo donde nadie la recuerda y todo lo que recoge se rompe y se pierde. Es musa inspiradora de artistas, aprende a enamorarse una noche y desamorarse a la mañana siguiente. Se pellizca para sentirse viva.

Fausto es el único conocido que se le aproxima, pero para monitorear el pacto. Hasta que la historia desemboca en una librería del viejo en Manhattan cuando por primera vez se tropieza con alguien que la recuerda. Puntos suspensivos.

Cumplir los 40 supone no sólo cambios hormonales, sino haber cumplido una etapa de la vida en que normalmente se desarrollaron profesiones y oficios, se asumió alguna responsabilidad familiar y llegó la hora de hacer balances y proyecciones.

Pero principalmente surgen preguntas mal planteadas que conducen a respuestas que en sí representan interrogantes laberínticos.

¿Hacemos lo que queremos? ¿Somos felices? ¿Cómo serán nuestros próximos 10 años, y los 20, 30, etc?

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Grietas intergeneracionales

Acicateado por una nota del portal, Rubén Chorny, reflexiona sobre los cortes en tajadas que se producen con las actuales generaciones. Separadas en grietas, coincide con Divididos, no es cómo se vea cada uno, sino cómo lo ven.

Los ´40 duran una década, en la que al hombre se le revuelven las glándulas del placer, se confunden los momentos evasivos con sensaciones de bienestar, los recreos con rebeldía. Un lapso en el que se ponen en duda todos los principios morales y familiares sobre los cuales se cimentó el crecimiento, mal o bien, alcanzado.

En la mujer, el cóctel en ese lapso es hormonal y psicológico, y la hace girar como un trompo sobre su eje, mientras el espejo le devuelve la cruel imagen de la lozanía juvenil que fue dejando por el camino de la vida. El precio del rol maternal, de la madurez.

Los cimbronazos son devastadores. Tanto para el jefe de la familia como para el alma de un hogar. E incitan a «vivir la vida», en muchos casos subordinando a frivolidades la propia historia construida hasta ese momento. Se sale en busca de la inmortalidad. Como hizo Addie tras el mefistofélico pacto.

Todo tiene que ser ya. Se pierde de vista la frase de Albert Camus, en La Muerte Feliz, de que «se necesita tiempo para ser feliz. Mucho tiempo. La felicidad es también una prolongada paciencia».

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Es así como los recuerdos se desdibujan. Se entremezclan y terminan esfumándose. Se suceden experiencias que sólo dan vueltas las páginas vertiginosamente, como cuando un libro abierto queda a merced del viento.

El mojón de los ´50 impone que «algo hay que hacer», «pasarla bien», no entregarse a la decrepitud. El temido horizonte se recorta más cercano. ¿Alguna vez te detuviste a mirar lontananza desde un mismo lugar y hacerlo durante muchas oportunidades? ¿Observaste que la ubicación de la línea del horizonte no coincide cada vez?

Tampoco el suelo que se siente bajo los pies es el mismo ni transmite las seguridades de siempre.

Pero cuando se pisa sobre firme no deja de dar chances de hacer equilibrio y, fundamentalmente, en la medida en que se tenga presente quiénes somos y de dónde venimos.

Quiénes nos acompañaron en este viaje, quiénes seguirán y quiénes no. Quiénes irán pasando a la órbita de los recuerdos para que sus partículas, como en la inmortalidad cuántica, nos los traigan al invocarlos.

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¿Qué es la edad?

¿Es cierto el «desentendimiento» entre jóvenes y adultos por su diferencia generacional? ¿O es que cada uno pone como excusa la edad para obviar sus propias dificultades para encarar una charla genuina con el otro?

El espejismo de la inmortalidad física es un acto cosmético, un efecto visual, y como tal no debe ser perdido de vista.

Y si abrazarse a él significa renunciar al recuerdo que se construyó de uno mismo, pues ¡al Diablo entonces con la inmortalidad!

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