Filosofía

Las críticas, la decisión rebelde y los deseos del sistema

Parecidas pero muy diferentes, tanto las críticas constructivas como destructivas ponen el foco en algo. Imaginemos un [...]

Parecidas pero muy diferentes, tanto las críticas constructivas como destructivas ponen el foco en algo. Imaginemos un cuarto oscuro, donde una luz que baja del techo se fija en nuestra rodilla. ¿Es esta parte de nuestro cuerpo lo que nos genera un malestar destructivo? Ahora enfoca nuestra cabeza. ¿Es la mente lo que nos ayuda a resolver los enigmas que nos rodean? La luz, en forma de crítica, puede ser crucial para cambiar ciertas formas de vivir la vida.

Hablar no es lo mismo que quedarse callado. Tremenda obviedad, pero ¿cuántos han dejado atrás sus sueños, sus emociones y su arte humano por adaptarse al sistema y ser uno más? Es que no emitir opinión o no decidir acerca de lo que nos involucra es la herramienta base del sistema. Quien nos maneja lo hace con gusto, por el simple hecho de que aprendimos a callarnos.

Sin hacer mucho esfuerzo, se puede ver esto en el contexto actual, donde el abuso y el avasallamiento del hombre por sobre los derechos y la integridad de la mujer están en boca de los grandes medios de comunicación. A pesar de que la cultura machista sigue existiendo, una luz ha bajado para darle vidas distintas a quienes fueron educadas para ser “un objeto complementario del hombre” y recurrir a este como garante de su bienestar económico y social.

Ver en la actualidad a una mujer soltera, que se mantiene por si sola y que trabaja, puede naturalizarse un poco, ¿pero qué hay del pasado? ¿Acaso no hubo -y sigue habiendo- una gran cantidad de silencio acumulado que a lo largo del tiempo, se combatió en distintas formas de feminismo?

Este es uno de los tantos ejemplos que podemos encontrar cuando hablamos de la subordinación al sistema. Las mujeres son uno, mientras que los trabajadores (y trabajadoras) son otro de los grandes exponentes.

El hecho de que nuestro mundo gire en torno al trabajo y por consecuencia al dinero y al intercambio de tiempo de vida por estos papelitos que tienen una validación social muestra una de las principales críticas que podemos hacer. ¿Por qué subordinarse? ¿Por qué no ser “Libres”?

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¿Somos libres?

La reciente incógnita puede verse como una crítica constructiva (para pensar en una humanidad más conciente acerca de lo que hace cada día y de lo que genera con su tiempo de trabajo a veces automatizado) o como una crítica destructiva (para implementar el marxismo y joder un poco al capitalismo, en pocas palabras).

Así, en las charlas con nuestros seres queridos nos vamos a encontrar con preguntas, cuestionamientos e intervenciones acerca de lo que estamos transmitiendo socialmente. Podremos tomarlas como puntos de vista, opiniones, o lo que sea, pero no dejan de ser críticas. El no aceptarlas interrumpe el proceso donde se analiza si lo que recibimos es algo positivo o negativo. En este caso, la revolución está perdida, porque si no se escucha al otro se pierde a la humanidad.

¿Por qué debería haber algo positivo y otro algo negativo? Es que todo, o casi todo, tiene su efecto. Esos efectos, a raíz de una causa, generan realidades y consecuencias que se pueden alterar para el ojo humano, pero que van a provocar un determinado estado de las cosas. Lo podrá radicalizar o conservar, pero lo provoca al fin.

La comunicación y la transmisión de ideas adquiere mucho relieve en esta cuestión, ya que la forma en que se llevan las acciones al público pueden causar críticas constructivas o negativas. Si sabemos con qué gente estamos tratando, qué es lo que les interesa y cómo es su comportamiento y pensamiento, es muy probable que sepamos qué cosa les gustará y qué no. Esto equivaldría a ser dueños del rayo de luz dentro del cuarto oscuro.

¿Qué es lo que tanto nos interesa del otro? ¿Su bienestar, su desdicha, su amor, su riqueza? Sea lo que fuere, el caso es que convivimos en conjunto y nos embarcamos en una navegación -impulsada por las aguas de la cultura y lo preestablecido-, de la cual en un principio no nos sentimos parte pero que aceptamos por resignación.

Quizá, al nacer y con el paso del tiempo, nos resignamos a perder la libertad de nuestra naturaleza. Nos resignamos a ser humanos. Pero se puede o no agravar ese sentimiento, esa forma de vida, con cada decisión que tomamos. Para poder ver la realidad que nos beneficie, deberíamos estar rodeados por todo tipo de críticas, pero en especial por las constructivas. Sin embargo, la decisión final constará en una lucha constante dentro nuestro, que es la de la resignación contra la insubordinación. Elegir entre el pequeño premio de la rebeldía o el gran tesoro de la libertad. Pero el problema podría estar en que tanto la insubordinación como la libertad parecieran inexistentes. Parecieran ser otro deseo de un sistema que nos impone nuestros propios sueños.


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Escritor, fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad. Actualmente estudia abogacía en la Universidad de Buenos Aires y dirige el medio.

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