Reflexión

El diálogo entre creyentes y no creyentes

El escritor mexicano Parga Limón nos habla sobre el atrio de los gentiles y analiza las opiniones de un agnóstico como Borges sobre este tema.

Por Ernesto Parga Limón

Si hoy se visita Jerusalén buscando lo que queda en pie de su famoso templo, solo se encontrará visible el Kotel, el muro de las lamentaciones, y de él solo 60 metros. El resto de los 488 metros que lo conforman está oculto entre edificaciones en el barrio musulmán.

Según la tradición, el primer templo, construido por el rey Salomón en el siglo IX antes de Cristo, fue destruido y posteriormente reconstruido por órdenes de Zorobabel (segundo templo) iniciando los trabajos en el año 535 a.C.  Tiempo después, ya muy cercana la era cristiana (19 A.C.), Herodes ordenó una nueva reconstrucción incluyendo reformas y adiciones, entre estas un espacio de acceso libre para los no judíos, no circuncisos, neófitos sin linaje judío. En el primer templo esto no era posible. Este espacio de acceso libre se denominó Atrium Gentium, (el atrio de los gentiles). Ahí se reunían con la muchedumbre los maestros de la ley y los rabinos dispuestos a escuchar dudas y contestar preguntas sobre Dios en un diálogo de apertura y respeto.

Un tercer templo de Salomón será erigido con el advenimiento del mesías judío.

Una reciente iniciativa del Vaticano (2009) retoma este nombre y este tópico -el Atrio de los Gentiles-, para abrir un nuevo diálogo entre creyentes y no creyentes en la convicción de que si se derriba el muro de la separación entre quienes tienen distinta cosmovisión del mundo, este mismo saldrá enriquecido y convencidos los participantes directos e indirectos de la necesidad urgente de hacer primar el respeto ante la exclusión, la paz ante la violencia y el amor ante el odio.

Supongo que cada lector tiene su propio atrio para gentiles o para creyentes según se ubique en alguna de estas dos cosmovisiones. En Los conjurados, el ultimo poema publicado de Jorge Luis Borges, irremediablemente se nos remite a pensar en el Atrium Gentium que Borges, tal vez, lo recuerda o proféticamente lo anticipa o solo es una feliz casualidad:

En el centro de Europa están conspirando.

El hecho data de 1291.

Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.

Han tomado la extraña resolución de ser razonables.

Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades (…)

En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa, crece una torre de razón y de firme fe.

Los cantones ahora son veintidós. El de Ginebra, el último, es una de mis patrias.

Mañana serán todo el planeta. Acaso lo que digo no es verdadero, ojalá sea profético.”

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Sus letras recorren el mundo, así como sus propios pensamientos. ¿Cómo habrá sido la vida de este escritor de cuentos?

Así hablaba Borges, el inmenso, polémico y provocador Borges. Me sirvo de su atemporal vigencia como un ejemplo de este diálogo interior que se suscita entre un escritor, auto declarado agnóstico, y un lector creyente. Este es mi atrio y ahí se pasea Borges a sus anchas.

Cómo no sentirse asombrado y abrumado ante la portentosa inteligencia de Borges, de su descomunal curiosidad por las variopintas metafísicas de oriente y occidente tan recurrentes en su obra. Borges confesó en repetidas ocasiones que si pudiera creer pensaría más en una suerte de energía panteísta que en un Dios personal y agregaba que menos aún podía creer en la indescifrable Trinidad. Todo creyente siente la tentación de darle vuelta a la página pero Borges vuelve y atrapa con su palabra poderosa de íntima y dolorosa confesión:

“Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte que entreteje naderías

Me legaron el valor. No fui valiente.

No me abandona. Siempre está a mi lado

 la sombra de haber sido un desdichado

Y así nadaba sin descanso Borges en los misterios indescifrables de la religiosidad humana, quizá buscando algo interminablemente, pero atrapado en su laberinto sin fe, asombrado y confundido ante la palabra que revela al Verbo. Sin mediar comentarios, en una casi transcripción, dedica este soneto al pasaje bíblico de Juan capítulo 1 versículo 14:

   “Refieren las historias orientales

    la de aquel rey del tiempo, que sujeto

    a tedio y esplendor, sale en secreto

   y solo, a recorrer los arrabales.

    Y a perderse en la turba de las gentes

    de rudas manos y de oscuros nombres;

    hoy, como aquel Emir de los Creyentes,

   Harún, Dios quiere andar entre los hombres.

    Y nace de una madre, como nacen

    los linajes que en polvo se deshacen.

   Y le será entregado el orbe entero,

   aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,

   pero después la sangre del martirio,

  el escarnio, los clavos y el madero”.

Borges, si hubiera podido creer, no hubiera pensado en un Dios personal

Borges declara en el prólogo de los Evangelios apócrifos que Jesús de Nazaret es la figura más vívida de la memoria humana aunque siempre negó la divinidad de Cristo.

Dice Pierre Reverdy que “hay ateos feroces que tienen más interés por Dios que los creyentes”. Quizá ese sea el fruto misterioso e incomprensible del diálogo literario privado entre un autor como Borges y sus creyentes lectores. Tal vez la infructuosa búsqueda del agnóstico termina por acrisolar la fe del creyente ¿Quién puede saberlo?

Declaro, no sin cierto sentimiento de vana soberbia y de torpeza, que pienso en otro efecto que Borges a través de su vida y de su obra provoca en el lector creyente; una suerte de triste empatía, por la soledad de Borges, soledad y ceguera de Dios y del mundo que lo acompañaron hasta su muerte.

Soledad y ceguera, que, en sus poemas, cual radiografías de sus estados de ánimo, se refleja ya bien como serena aceptación:

 “esta penumbra es lenta y no duele;

 fluye por un manso declive y se parece a la eternidad”

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 O de velado reclamo que no admite conmiseración:

 “Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

Pero al final Borges es siempre, el otro Borges, el agnóstico provocador que vuelve a incomodar:

“Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.

Los tres maderos son de igual altura.

Cristo no está en el medio. Es el tercero.

La negra barba pende sobre el pecho.

El rostro no es el rostro de las láminas.

Es áspero y judío. No lo veo

y seguiré buscándolo hasta el día

último de mis pasos por la tierra.”

Que lástima que su ceguera haya impedido que la luz penetrara su conciencia disipando su soledad y saciado su metafísico apetito; pienso, es solo mi interpretación, que, entonces nunca hubiera escrito:

“He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.”

En tanto, Borges, ese acróbata de las palabras del oxímoron y del retruécano, ese hacedor de milongas de porteño ritmo y de orientales fantasías seguirá paseándose en mi atrium y mi fe seguirá abrevando de su duda y de su búsqueda por los laberintos y los confines de lo eterno.

*Ernesto Parga Limón es maestro y escritor en México

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